thumbnail Hola,

El de Camas, suspendido durante cinco partidos por llamar ‘sinvergüenza’ a Ayza Gámez. El corresponsal del Real Madrid Alberto Piñero analiza esta megalómana sanción

El Real Madrid llegaba ya con alambres al partido de este sábado ante el Osasuna con las bajas acumuladas de Ronaldo, Adán, Marcelo, Coentrao, más posiblemente Xabi Alonso. Y ahora hay que sumarle la baja segura de Sergio Ramos después de que el Comité de Competición diera este jueves a conocer la sanción de cinco partidos impuesta al de Camas. Perdón, por ser más concretos, diremos “después de que el Comité de Competición cometiera la insensatez de sancionar con cinco partidos a Sergio Ramos” por llamar ‘sinvergüenza’ a Ayza Gámez después de expulsarlo ante el Celta.

Insensatez porque no tiene lógica ninguna que un jugador deba perderse lo equivalente a un 15% de la Liga sólo por menospreciar a un árbitro. Y puntualizaremos al respecto, pues con esto no estamos haciendo un alegato a favor de la violencia y los insultos en el fútbol. Nada más lejos de ello.

El fútbol es un reflejo más de la vida, quizá uno de los exponentes más relevantes incluso, al ser observado por millones de ciudadanos, jóvenes y mayores. Y precisamente por esto debería discurrir en los mismos (si no mejores) términos éticos y de respeto que el resto de los órdenes de la vida, sin el sempiterno escudo de las mil pulsaciones por segundo, las revoluciones, y la tensión. Todos tienen presión y responsabilidades en sus respectivos empleos, y si a todos les diera por dar patadas en situaciones de tensión, buen negocio harían las empresas ortopédicas a ese paso. Debe haber consenso y apoyo por tanto para, entre todos, erradicar las malas artes del fútbol.

Ahora, las formas de árbitros y Comité de Competición no son las adecuadas, con pocas sanciones pero excesivamente ejemplarizantes, cuando quizás los colegiados deberían ser más constantes en sus denuncias, pero con castigos algo más livianos para acciones que no son tan graves. Como por ejemplo ésta de Sergio Ramos, o aquella anterior famosa de Sergio García. Y si es cierto que en ocasiones funciona aquello de que ‘la letra con sangre entra’, de esta forma ahora aficionados del Real Madrid o Espanyol se sienten agraviados por una acción que no venía siendo tan duramente castigada en tiempos no tan pretéritos, y que seguramente no se haya repetido tan sólo en estas dos ocasiones en la media temporada que se lleva disputada. Generando así un rechazo a esta norma tan rígidamente aplicada desde esta misma temporada con infinidad de desiguales precedentes.

Y no se trata de los casos concretos de Sergio Ramos por ser del Real Madrid, como tampoco lo fue entonces con Sergio García en el Espanyol, o incluso con la catarata de expulsiones a los entrenadores de media Liga. Se trata de unas normas antinaturales, excesivas en su espíritu, nacidas para castigar con mayor dureza las ofensas verbales que la verdadera violencia física y antideportiva en los rectángulos de juego. Se trata de aplicar el sentido común a la hora de establecer un baremo sancionador, de ser rígido e inflexible con todos por igual en lugar de caer en los excesos de mediáticas y esporádicas cabezas de turco. Se trata de educar en el respeto desde el equilibrio global, no simplemente de imponer la autoridad por la fuerza.

Dicho lo cual, no exime de ninguna manera en este caso concreto a Sergio Ramos, que no anduvo para nada afortunado. Ayza Gámez venía cuajando un partido horroroso a nivel disciplinario y de apreciación, y la expulsión es bastante rigurosa. En vivo y desde el estadio, la segunda acción no pareció en absoluto tarjeta amarilla de hecho. Sergio Ramos lo tenía tan fácil como morderse la lengua y emprender el camino de los vestuarios, pues su imagen no iba a resultar excesivamente manchada, dado el papel del trencilla del comité valenciano. Se perdería quince minutos de un partido clave para los intereses merengues, pero de esta forma, después de dejarse llevar por sus instintos más irracionales, ahora serán treinta cuartos de hora los que se perderá, cuando ya era por todos conocido que la autoridad este curso andaba más autoritaria que nunca. Y coincidimos en que se merece una sanción, sí. Pero no tanta.

Artículos relacionados