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El presidente del Madrid vivió en Zurich un cruce de caminos caprichoso, abandonado por el mánager portugués y rendido ante el hombre al que desechó hace casi una década

Fue clarificadora la imagen que la realización internacional ofreció a todo el planeta ayer en la gala del Balón de Oro en Zurich. La escenografía hollywoodiense enseñó a todo el globo el desplante de José Mourinho, el ejecutivo más poderoso del mundo del fútbol, al Real Madrid y a Florentino Pérez. Cuando el realizador dividió en tres la pantalla para presentar a los finalistas al mejor entrenador del año, las imágenes desde la sala de Guardiola y Del Bosque plasmaron a dos personas plenas, con la dinamización que insufla el movimiento. En la esquina inferior izquierda, se veía una inexpresiva e inanimada fotografía de José Mourinho, que no consideró preferente viajar al acto.

Se produjo entonces uno de esos cruces de caminos que a veces propicia el fútbol. En el estrado, recibiendo el reconocimiento unánime, se erigía un Del Bosque conciliador pero firme. Ante sí, en la platea, Florentino Pérez, el hombre que lo desechó hace una década tras ganar dos Copas de Europa, observaba con una mueca ausente y taciturna cómo este se coronaba y el mánager al que ha entregado todos los poderes del club damnificaba una vez más la imagen de la institución ausentándose de la cita. Cada éxito de Del Bosque es una punzada aguda para Pérez.

“Necesitamos una persona más tecnificada desde el punto de vista de la estrategia y de la táctica”, adujo el presidente cuando decidió no prorrogar la vinculación del salmantino con el club después de décadas de servicio. Desde ese punto hasta la actualidad, Florentino Pérez ha dispuesto de siete entrenadores. Queiroz, Camacho, García Remón, Luxemburgo y López Caro en su primera etapa y Manuel Pellegrini y Mourinho en la actual. Salvo al portugués, a ningún técnico lo aguantó más de una temporada. En la travesía yerma que el Madrid discurre en Europa desde la salida de Del Bosque, el entrenador ha añadido una Copa del Mundo y una Eurocopa a su palmarés.

Que Mourinho no estuviera ayer en la gala del Balón de Oro evidenció tres cosas. El mal perder del mánager, la dejación de funciones por parte de Florentino Pérez, y finalmente la soledad de este último. Ocurre desde hace tiempo, pero el lunes quedó de nuevo patente que el presidente ha tomado la alternativa de no replicar nada al monstruo que ha creado. La carta blanca concedida a Mourinho va desde no acudir a estos actos a arrinconar periodistas y a amedrentarlos con practicas mafiosas. Barra libre.

Todo lo contrario es lo que representa Del Bosque, en el fondo y en la forma. Se mire por donde se mire, no hay comparación posible entre uno y otro. Ni como entrenador ni como embajador del Real Madrid. En cuatro años al frente del equipo, el actual seleccionador español consiguió dos ligas y dos Champions, una carta de presentación que Mourinho no está ni cerca de igualar. Llevado al terreno del portugués, el meramente resultadita, la comparación con Vicente del Bosque es esperpéntica.

En el púlpito, ya con su trofeo de mejor entrenador del mundo en 2012, Del Bosque elevó un discurso solemne. “Todos queremos ganar, pero también estamos obligados a defender el fútbol y trasladar mejor ética y conducta personal”. Una declaración vital. Desde que se fue Del Bosque, Florentino ha ganado poco. En los últimos tiempos, la conducta de sus trabajadores parece un asunto menor.

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