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La Euro 2012, de recuerdo imborrable para España, quedó marcada por los fallecimientos del genuíno entrenador y del futbolista del Betis

A pocos días de comenzar la Euro de Polonia y Ucrania, España se despertó con la conmoción que provocó la repentina muerte, a causa de un ataque al corazón, del entrenador Manolo Preciado, de 54 años. Durante el torneo, otro mazazo salpicaba las entrañas del fútbol español con el fallecimiento del futbolista del Betis Miki Roqué, quien no pudo superar el cáncer que un año antes le había obligado a tomar un paso al costado.

Pocas personas dentro del mundo del fútbol alcanzan la dimensión de Manolo Preciado, un tipo genuino, luchador, amante de la vida, que se fue con un galardón que un número muy reducido de personas que pasan por este mundillo se ganan: ser alguien unánimemente querido. No es el caso de Preciado uno de esos a quien los parabienes llegan como consecuencia de su deceso, algo bastante común. En vida, el entrenador del Sporting de Gijón entre otros, captó el reconocimiento personal y el cariño de toda la gente del fútbol.

Quizás fue gracias a su naturaleza conciliadora y ciertamente bonachona, o un estilo directo y frontal, pero a la par honesto, que comulgaba bien con la gente, lo que llevó a Preciado a irse sin enemigos. Hasta Mourinho, con quien tuvo un enganchon hace un par de cursos, le dedicó una carta de despedida en la que honraba la memoria de su homólogo fallecido.

No lo tuvo fácil en su vida Preciado, un hombre que jamás se rindió pese a los inabarcables acontecimientos que la vida puso en su frontal. En pocos meses, perdió a su esposa y a su hijo en 2002, y hace poco más de un año se le había ido su padre, atropellado por un coche. “La vida me ha golpeado fuerte”, explicaba en una comparecencia. “Podría haberme hecho vulnerable y acabar pegándome un tiro, o podría mirar al cielo y crecer. Prefiero la segunda opción”. Un día antes de fallecer en Valencia, había arreglado su contrato para dirigir en la presente temporada al Villarreal.

Menos se sabía de Miki Roqué, que se fue con más premura todavía que Preciado. El futbolista del Betis falleció a los 23 años de edad tras no poder superar un cáncer maligno detectado en su pelvis en 2011. Fue común la respuesta de todo el fútbol español, alzada por la selección española. También se puso de manifiesto de nuevo la solidaridad de un mundillo que en ocasiones puede parecer frívolo. Un año después de la operación, se supo que Carles Puyol fue quien sufragó los costes de la intervención. Tras salir campeón de Europa por segunda vez consecutiva, Cesc Fábregas lució una camiseta en las celebraciones en la que se leían los nombres de Jarque (fallecido en 2009), Manolo, Puerta (fallecido en 2007) y Miki.

Asímismo, este diciembre también nos dejó el portero colombiano Miguel Calero, a consecuencia de un infarto cerebral sufrido a finales de noviembre. El internacional cafetero tuvo que dejar el fútbol en 2011 debido a una trombosis venosa en el brazo izquierdo mientras militaba en las filas del Pachuca de la liga mexicana. Finalmente y, a consecuencia de esa trombosis, el 5 de diciembre falleció de muerte cerebral. El Pachuca retirará el dorsal número 1 en su honor.

También el fútbol nos ofreció en 2012 su macabra versión de muerte en directo. Fue en Italia, donde un fulminante ataque terminó en abril con la vida de Piermario Morosini, jugador del Livorno de la Serie B, que murió desplomado sobre el césped a la edad de 23 años. Tres ejemplos que, por su magnitud mediática, nos recuerdan lo fugaz de la vida y lo efímero de la existencia. Descansen en paz.

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