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Frente al Celta, la desactivación del mediocentro vasco tuvo consecuencias devastadoras para un equipo, que en cuatro años, no ha aprendido a vivir sin el internacional

La vuelta de los octavos de final de la Champions League 2009-10 ante el Olympique de Lyon, evidenció un problema endémico del Real Madrid en los últimos años. Aquel día, en el que los blancos fueron eliminados, Xabi Alonso no jugó, suspendido por acumulación de amonestaciones. El vasco, que atravesaba su primera temporada en Chamartín, carecía de sustituto, una falla, de personal y futbolística, que José Mourinho no ha sido capaz de corregir en los tres cursos siguientes. No es empresa sencilla encontrar un par de garantías de uno de los mejores en su puesto, en cualquier caso.

La ascendencia de Alonso en el juego del Madrid se manifiesta por omisión, como ocurrió ante el Lyon, y desactivación, como sufrió en Vigo durante demasiados minutos. “La misión que tenía encomendada a nivel defensivo era tapar a Xabi Alonso”, explicaba en Cope Mario Bermejo, el atacante sobre el que tejió Paco Herrera el entramado para ofuscar al Madrid. “Sabemos que él es el caudal de todo el juego del Madrid desde la parte de atrás. Era importante tapar estos pases y forzar que vinieran de más atrás en peores condiciones”.

Todo en el Madrid de Mourinho se vertebra en torno a Alonso, uno de los mejores mediocentros del planeta. Su dominio posicional, inteligencia táctica, juego en corto a uno o dos toques y un desplazamiento en largo superlativo hacen del internacional español la piedra filosofal del sistema que el mánager del Madrid profesa. Obstruida esta vía de juego, como diseccionaba Bermejo, la ‘creación’ queda a expensas de hombres como Pepe, que sólo da carrete al equipo mediante patadas a seguir propias del rugby,

Desde que está en el equipo blanco, Alonso ha tenido acompañantes dispares en la sala de máquinas. Jugadores casi siempre limitados técnicamente como Lass, Khedira, Diarra, e incluso, de manera ocasional, Pepe, en una medida anti-Messi que Mourinho adoptó con resultado generalmente dudoso. Otros futbolistas de un corte más creativo como Granero o Sahin tuvieron que abandonar el club por la falta de oportunidades. Actualmente, un hombre imaginativo como Modric, se afana en mejorar su disposición defensiva para complacer las exigencias del mánager para el subalterno de Alonso. En condiciones normales de gestión de recursos, no parece que el croata será promocionado en un partido de galones.

Si la presencia del tolosarra ofrece soluciones múltiples, su falta genera problemas devastadores. Su anulación también. Dos de los problemas de Alonso son su falta de socios y la idiosincrasia del mánager. Khedira, el preferido de Mourinho para el doble cinco, apenas tiene capacidad para influir en el proceso creativo. En segundo lugar, la querencia del portugués por centrifugar el juego en el centro del campo, apoca a Alonso a un trabajo de lanzador. Sin nadie a su vera a quien descargar el balón, y con Bermejo tapando su perfil natural, el ahogo de Alonso fue el del Madrid en Vigo. Opacado Alonso, se termina el Madrid. Un proceso repetitivo que se ha reproducido desde que el vasco es el mariscal blanco.

El verano pasado, Sahin, que pasaba por ser el mejor futbolista de la Bundesliga, llegó para ofrecer asueto a Alonso en partidos de trascendencia sostenida. Su discontinuidad por las lesiones y la displicencia del mánager cerraron la puerta al turco. En agosto, y tras un pago de 40 millones, Modric recaló en Chamartín con la promesa albergada de ser capaz de, entre otras cosas, un sustitutivo del español. Observadas sus virtudes, se advierte que no abarca tanto campo ni domina los tempos para reemplazar a Alonso en un partido de alta demanda. Al margen de la voluptuosidad de Ronaldo, la función galvanizadora de Alonso es el resorte del Madrid, que no está preparado para vivir sin el mediocentro. En esas lleva desde 2009.

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