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El Madrid sufre para encarar cada partido debido a un libreto del mánager que apenas se ha actualizado en su tercera temporada al frente del equipo

El Real Madrid encajó en Vigo su sexta derrota de la temporada en un partido de guión similar a muchos que ha jugado el equipo. Algunos, como el de Valladolid o Levante, se solventaron con victoria gracias a la aparición de Ozil o Morata. Otros, como el de anoche, dejaron a un Madrid orillado, incapaz de solventar las barricadas que le plantean sus rivales. Los días que no aflora el talento, la abnegación del equipo no es suficiente para salvar a un José Mourinho cada vez más desconcertado y retratado.

“Es mucho más fácil plantear los partidos contra el Madrid que contra el Barcelona”,  explica un entrenador. “Al final te ganan casi siempre porque tienen mucho potencial, pero es más predecible y sencillo de cortocircuitar”. Fue ‘sencillo’ el planteamiento del Celta, que se limitó a unos automatismos definidos y piramidales para desactivar al Madrid. Una maniobra marcial de Paco Herrera envió a Bermejo, un gladiador sin balón, al frente. El atacante se inmiscuyó en el trabajo de Alonso, negando la salida del balón al Madrid. “La consigna era tapar a Xabi”, reconoció el delantero después del partido. Unos metros más adelante, colapsó los pasillos interiores, entregando deliberadamente las bandas a unos pacatos Arbeloa y Varane.

A partir de ahí empiezan muchos problemas del equipo de Mourinho, como ya ocurrió en Dortmund en unos de los peores partidos del curso. El Madrid se ahoga cuando Alonso está tapado. El papel residual en la construcción de sus subalternos (Khedira frecuentemente, Essien ayer) tampoco ayuda a la fase iniciática del juego, que recurrentemente queda como tarea de un flotado Pepe, que sólo es capaz de enviar balones largos frontales de dudosa eficacia. Cuando se sale de este registro, casi siempre elige mal. Ayer un saque de banda precipitado, que no tenía que tomar, desembocó en el gol de Bustos. En la derrota ante el Borussia, una entrega en corto defectuosa alfombró el primer tanto de Lewandowski.

En cuanto el mánager detecta estos problemas, recrudece la política de balones tierra aire, como ordenó incluso ante el Alcoyano. La falta de peso en el centro del campo, y el ostracismo forzoso de Alonso, tiene condiciones perniciosas para los jugadores adelantados, que no consiguen balones francos. La intermitencia de hombres como Ozil, Di María o Modric es la consecuencia de un juego colectivo que penaliza tremendamente a los futbolistas creativos, obligándolos a una brega descorazonadora. Ante la inconexión del equipo, que casi siempre se alarga por estos motivos, Cristiano Ronaldo es un solista. Uno tan bueno capaz de sostener a todo un equipo. Fruto de estas fallas, hay días que el Madrid parece Cristiano más diez funcionarios. Quizás el sistema de Mourinho, obsesionado con aporvechar los espacios y acortar las transiciones, es una concesión complaciente para Ronaldo, pero refractaria para muchos de sus compañeros, especialmente Ozil, el hombre de más talento del plantel.

Para muchos futbolistas del Madrid, las limitaciones del mánager son el principal problema del equipo. En su tercera temporada como comandante, el libreto de Mourinho no se ha actualizado en nada. No hay nuevas versiones del producto, y queda la sensación de que el equipo juega peor cada vez y sufre para ganar a cualquier rival. La estrechez táctica del mánager es algo que ya han detectado sus rivales, que casi siempre plantean mejores partidos que él. Jurgen Klopp o Pepe Mel optaron por ceder el balón, abigarrar los carriles centrales y dar carrete a sus veloces atacantes. Igual lo hizo el Sevilla de Michel. En esos tres partidos, no hubo ningún movimiento desde el banquillo que diera un volantazo al signo. Tampoco en Valladolid, donde el mánager montó un caos pero sólo dos acciones maravillosas de Ozil cambiaron el rumbo.

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