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El técnico merengue volvió a acusar a sus jugadores de la derrota ante el Celta en rueda de prensa. El corresponsal del Real Madrid Alberto Piñero lo analiza

El Real Madrid volvió a tropezar en la presente temporada. Algo que, poco a poco, deja de ser noticioso para pasar a ser habitual. No obstante, en 26 partidos van ya nada menos que cuatro empates y seis derrotas, una más que en todo el año pasado, y tantas derrotas como en la primera temporada de Mourinho en Madrid. Ya no hay forma de camuflarlo, no hay polémica arbitral ni voz altisonante que sea capaz de eclipsar el bajón que ha dado el equipo blanco en esta temporada.

Cuando no hace mucho era la regla, ahora la excepción es que el Real Madrid salga a por todas, que arrolle al rival, que golee, que tenga una personalidad en el campo que haga que nadie se atreva a mirarle a los ojos. Lo normal hoy en día es ver a un Madrid impotente, desangelado, inoperante, errático, débil en defensa. Y claro, los Borussia Dortmund y Manchester City se convierten en una odisea superar, pero es que un Valladolid o un Celta cualesquiera son capaces de pintarle la cara a poco que estén medianamente certeros de cara a puerta.

Se trata de fútbol, en el sentido más amplio del concepto, y ahí al Real Madrid le falta mucho. Le falta caudal de juego, pero también le falta ritmo, le falta desborde, le falta hambre, le falta competitividad, le falta potencia, le falta personalidad, le falta clarividencia, le falta chispa, le falta gol… le falta alma. Y así se han escapado ya diez victorias, todas con un guión medianamente parecido. Pero serán muchas más de seguir así. Es un Real Madrid desdibujado, una caricatura de sí mismo, un Real Madrid que no es el mismo equipo de hace apenas unos meses. Un Madrid que no es el Madrid que se nos había vendido, el que se había camelado a todo el madridismo, el que por momentos llegaba a convencer de que en el fútbol no hacía falta ser tan meloso para ser efectivo ni bello. Un Madrid que no parece entrenado por Mourinho.

Y es que, sin ser el único culpable, evidentemente el técnico de Setúbal tiene mucho que decir en todo esto. Se le fichó para moldear un equipo como el que brillaba las temporadas pasadas, y no para hacer las alineaciones y cambios de un conjunto sin alma como el que deambuló por Balaídos durante setenta minutos. Pues si de algo podía presumir siempre Mourinho es de que todos sus equipos tenían más corazón que ningún otro, independientemente del fútbol y hasta de los resultados, independientemente luego de sus declaraciones y polémicas. Y este Madrid no muestra hoy nada de eso, ni fútbol, ni resultados, ni corazón. El espíritu con el que impregnaba a todos sus equipos parece haberse diluido ya.

Y es especialmente significativa la imagen que desprendió el propio Mourinho en medio de la hecatombe en Vigo. Primero, con unos cambios y alineaciones extravagantes, con Carvalho de titular y Varane de lateral derecho, con Arbeloa de lateral izquierdo, con Callejón terminando como lateral después de haber sido delantero, con Morata en la grada. En Valladolid, y en otros partidos antes como en Getafe, ya había sembrado cierto caos con sus cambios. Pero en Pucela el gol de Ozil le dio la razón. Eso sí, sólo momentáneamente. Deja la sensación de ir poniendo parches sobre la marcha, de no tener un guión planificado, de improvisar con una de las mejores plantillas del mundo, y cuando los resultados no acompañan, queda completamente desnudo.

Pero más allá de las decisiones deportivas puntuales está también la actitud del propio entrenador, sin apenas salir del banquillo para dar explicaciones durante el partido. Y luego en una rueda de prensa donde se le vio contagiado por la falta de espíritu de su propio equipo, señalando directamente a sus jugadores por la derrota. Dijo confiar en sus opciones, aceptó el error de haber dejado a Morata en la grada, pero el mensaje que hizo prevalecer fue el de la acusación a sus jugadores. Y puede que tenga sus razones, evidentemente, pero no es la primera vez que lo hace, ya lo hizo en Getafe, el Sánchez Pizjuán, el Benito Villamarín, y ahora también Balaídos. Hasta en ese se ha traicionado Mourinho a sí mismo.

Se vanagloriaba de proteger a sus jugadores, de desviar la atención, de acaparar los focos. “En mis equipos, cuando ganamos, ganamos todos, y si perdemos, pierdo yo” decía siempre. Y es todo lo contrario. “Si ganamos, ganamos todos, y si perdemos, pierden ellos”. O “perdemos por culpa del árbitro”. O “perdemos por culpa del que pone los calendarios”. O “perdemos y tengo que dar la cara porque sólo hablo yo en este club”. O “perdemos y en otros estadios la afición estaría animando”. O “perdemos y la prensa me está esperando para atizarme”… Siempre ha habido algo a lo que apuntar. Siempre. Pero el caso es que antes Mourinho también se vanagloriaba de que sus equipos no tropezaban en partidos donde eran favoritos, ni en esos partidos de Champions de fase de grupos ante el primer rival fuerte que se encontraba, y a partir de este año ya no podrá volver a hacerlo. Y de momento, no hay explicación alguna. Ni tampoco solución.

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