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El mánager sigue enfrascado consigo mismo en el dilema existencial que le lleva a contemplar cómo su equipo es incapaz de mostrarse solvente con continuidad

En los primeros tres meses del curso, el Real Madrid ha experimentado un discurrir cíclico y sinuoso. A cada turbulencia, el equipo ha respondido con resolución. Se ha repuesto de inmediato para volver a inmiscuirse difusamente en espirales descendentes. Ocurrió tras los tropiezos ante Valencia, Getafe, Sevilla, Dortmund y finalmente Sevilla. El equipo de Mourinho replicó esos dislates de diversa magnitud con victorias de aplomo ante equipos como el City, el Barcelona en la vuelta de la Supercopa de España, o el Atlético de Madrid.

“Nos falta jugar cada partido al tope de nuestras posibilidades”, explicó el mánager en la víspera de enfrentarse al Ajax en la jornada final de la fase de grupos de la Champions League. Satisfecho tras la victoria en el derbi, que puso el punto final a una semana convulsa, Mourinho, con los precedentes en la mano, sigue recelando de la continuidad del equipo en el largo plazo.

Resulta complicado de explicar por qué el Madrid, que el año pasado encadenaba victorias a golpe de récord, no ha conseguido edificar un mes de verdadera supremacía sobre sus rivales. Ni siquiera el mánager puede explicarse una discontinuidad que le mantiene desconcertado. En diversas comparecencias, Mourinho ha aludido a la falta de compromiso del equipo, un discurso demasiado minimalista para responder a las dudas que genera la poca fiabilidad del equipo, que ya ha perdido cinco partidos esta temporada.

Descarrilado en la liga, Mourinho teme cómo va a responder el equipo en los dos meses de parón ante el único objetivo plausible del curso, la Champions League. Por la situación doméstica, el destino del mánager y del Real Madrid está atado irremisiblemente a la competición europea, el salvavidas del club en una temporada en la que no ha aguatado apenas la mirada al Barcelona.

De manera directa e indirecta, los pasillos de Valdebebas, los entrenamientos del equipo y los chascarrillos de los dirigentes, están ya enfocados en el viernes, cuando el Madrid conozca su rival en los octavos de final. Sea quien sea, tendrá que rendirle visita en el partido que dirimirá quien avanza en el torneo. Hasta entonces, Mourinho reclama la continuidad. Añora la precisión cartesiana de su equipo a la hora de citarse con las victorias. Después de más de tres meses de curso, el mánager sospecha que no va a conseguir un conjunto fiable en el día a día.

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