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La derrota atlética nos muestra de nuevo el lado más humano de su afición y los sueños caídos en saco roto

Vivir un derbi para un aficionado del Atlético conlleva un proceso muy parecido al del enamoramiento: al principio tratas de no ilusionarte demasiado porque no quieres hacerte daño, después te dejas llevar cayendo en un estado de euforia incontrolable para, finalmente, acabar estrellándote sin remedio contra el fracaso.

Ese síndrome, que siempre florece tras la visita al Real Madrid y que lleva camino de convertirse en un dolor crónico que ningún médico cura en la ribera del Manzanares, encierra en sí mismo la propia idiosincrasia colchonera.

Una fórmula perfecta que aglutina una porción de estética de la derrota, un puñado de gusto inherente por el sufrimiento y una dosis de la rebeldía del que sabe que defiende una causa perdida. Todo ello sazonado con el típico gol que da esperanzas durante el partido, varios despistes de la defensa y un antagonista de ocasión que responde a muchos nombres (antaño Raúl, ahora Cristiano, en ocasiones Higuaín, antes Ronaldo o incluso Cassano).

Pero como bien dice Joaquín Sabina, uno de los gurús rojiblancos, "los amores que matan nunca mueren". Nadie duda que dentro de unos meses, cuando el Atlético tenga que volver a plantar cara a su vecino de Concha Espina, muchos volverán a caminar por el Paseo de los Melancólicos con la ilusión renovada, pensando que, quizá esta vez sí, su equipo conseguirá ganar un derbi, trece años y medio después.

Y mientras tanto, seguirá el silencio tenso cuando un niño pregunte a su padre aquello de ¿por qué somos del Atleti? Y es que definir con palabras un sentimiento que provoca más penas que alegrías parece una misión imposible, incluso cuando uno se hace más mayor...

Es domingo, dos de diciembre. El aficionado colchonero ya sabe cómo será el ritual porque ha vivido otros días como este: no tendrá más remedio que encender el móvil, que dejó de estar operativo con el gol de Cristiano, salir a la calle, encontrarse a los amigos en el trabajo y aguantar estoicamente aquello de que "pasó lo de siempre"

Pero en esencia, la historia de este hincha sin nombre ni apellidos es una de las que engrandecen al fútbol. Un deporte que no sería más que 22 hombres corriendo detrás de un balón si no fuera por las ilusiones que encierra. Y como consuelo, una reflexión que insinúa mucho más de lo que pregunta: ¿quién no tiene un amigo del Atleti?

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