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Las tácticas del mánager son contempladas con recelo por un grupo cada vez más numeroso de futbolistas, que han dejado de creer en unos sistemas excesivamente simplistas

El partido disputado el sábado por la noche en el Benito Villamarín retrotrajo a los futbolistas del Real Madrid a un paisaje agreste cada vez más transitado por el equipo de José Mourinho. Abrazados a la épica, sin más recursos en los estertores del encuentro que lanzar proyectiles tierra-aire desde la defensa buscando el área, donde Sergio Ramos tomó el protagonismo de delantero de emergencia durante los últimos diez minutos. El epílogo del partido fue el desenlace de otra noche en la que se vieron los costurones tácticos del Madrid y sus limitaciones para derribar zafarranchos. Como ocurrió en Getafe, Sevilla, Dortmund o Levante, donde sólo un gol a balón parado le salvó de un descuelgue aún más adelantado.

Esta tipología de partido, cada vez más recurrente en la tercera temporada de Mourinho al frente del Madrid, ejerce un efecto nocivo para el mánager y su libro de estilo. Después de casi treinta meses de trabajo conjunto, cada vez más futbolistas están sorprendidos de los pocos recursos tácticos que tiene Mourinho para afrontar ciertas situaciones que se reproducen con cotidianidad. Muchos jugadores, cuentan, han llegado a la conclusión de que el mánager, por su idiosincrasia, no tiene capacidad para sacar partido a una plantilla que ha demostrado puede competir a la perfección con el Barcelona.

Esta disidencia meramente futbolística, se basa en dos puntos, que a juicio de estos jugadores, ilustran la incapacidad del mánager. En primer lugar, no existe una evolución en algunas facetas del juego del Madrid desde la llegada de Mourinho. Especialmente, esto se manifiesta en partidos como el del sábado, en el que el equipo en ve obligado a remontar. Frente a Getafe, Sevilla, Borussia y Betis, el Madrid ha tenido una posesión media superior al 60%, con picos del 68. No obstante, la tenencia del balón ha sido estéril, pues el equipo no ha sido capaz en ningún caso de orquestar un asedio organizado. Resulta esclarecedora la manera en la que el Madrid terminó el partido del Sevilla, y cómo lo hizo el Barcelona dos semanas después, acuciado por la misma necesidad de voltear el marcador.

La inutilidad para ser productivo en el juego estático es un consecuencia de la sorprendente poca atención que el mánager presta a esta faceta del juego y a su propia ideología por transitar rápido, que preparar al equipo para ser demoledor al contragolpe pero lo deja desnudo ante las trincheras que muchos equipos plantean frente al Madrid. El equipo no tiene un plan B, ni un modelo de contingencia más allá del barullo y el empuje. Dos ramalazos nimios para una de las plantillas más caras de la historia del fútbol.

El segundo factor que ha hecho a los futbolistas perder la fe en el entrenador, es su desatino habitual a la hora de realizar cambios que viren el rumbo de los partidos. Desde su llegada al Madrid, la mano del mánager pocas veces se ha dejado notar en situaciones adversas. En Getafe, Mourinho sólo acertó a acumular delanteros, su huída hacia delante más socorrida, y ante el Betis, volvió a señalar de nuevo a Ozil en el descanso, el futbolista más perseguido por el mánager. La entrada de Kaká, que de nuevo parecía repudiado, fue interpretada con desconcierto por los futbolistas. Es extraño que Mourinho cambie el sino de un encuentro con sus movimientos, algo en lo que se ha especializado Vicente del Bosque, por ejemplo.

En medio de una de las crisis más pronunciadas de la era Mourinho, el portugués observa hierático el hartazgo de muchos de sus jugadores, y ya sólo encuentra el apoyo en el cónclave portugués. Algunos de sus hombres, que antes confiaban en él, han llegado a la conclusión de que el mánager era el idóneo para liderar la persecución sobre el Barcelona, pero sospechan cada día más que carece de los argumentos para llevar al equipo a otro nivel o a la era de dominancia a la que el equipo se asomaba y que ya ha parecido dejar escapar.

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