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Como hiciera en las semifinales de la Champions League, el mánager ordenó el repliegue y repudió atacar en la segunda mitad tras deslumbrar en la primera

Tras ciento veinte minutos extenuantes ante el Bayern de Múnich, José Mourinho terminó contemplando la tanda de penaltis de las semifinales de la Champions League arrodillado en su área técnica, con el rostro desencajado, implorando a los arcanos del fútbol, a la genialidad de Iker Casillas, o invocando a su profunda catolicidad. Es el mánager del Real Madrid un hombre de marcado arraigamiento religioso, de firmes convicciones místicas. Quién sabe, quizás, en aquellos momentos de máxima tensión, intentaba purgar las atrocidades futbolísticas que había ordenado y habían precipitado a su equipo a un final azaroso ante un rival al que tuvo al borde de la capitulación en los primeros veinte minutos en un Santiago Bernabéu enfervorecido.

En el Etihad Stadium, regresaron los fantasmas del Bayern, y punto por punto, todos los contraindicaciones que apartaron al Madrid de su décima Copa de Europa en abril. Las caras de los futbolistas blancos en la segunda mitad, y de nuevo una sobreexcitación incomprensible, palpaban el desconcierto creciente de algunos de los subordinados ante las teorías del mánager en estos partidos. “Con planteamientos así, dependemos de la suerte”, evidenció resignado un futbolista hace meses tras ver como el Bayern les despojaba de un objetivo alcanzable como nunca. Como hiciera ante los alemanes, Mourinho ordenó una vez más un repliegue sistemático, un acogotamiento voluntario, una abdicación no forzosa. Tras un inicio abrumador, disuasorio y poliédrico, el mánager abocó a su equipo una vez más a los designios de lo incontrolable.

Ayer, lo imponderable fue una actuación calamitosa del árbitro, que definitivamente perjudicó los intereses blancos. Resulta minimalista en cualquier caso focalizar exclusivamente el tropiezo del Madrid, que con Mourinho sigue sin dar un golpe encima de la mesa en Europa, en el penalti señalado sobre Arbeloa y en un ramillete de decisiones fronterizas. Una vez más, el fervor controlador del mánager envió al equipo a un contingente defensivo, a un zafarrancho de combate que desposeyó al equipo de las virtudes que lo llevaron a deslumbrar en el primer tercio del partido.

Durante ese tramo del encuentro, las galopadas de Cristiano Ronaldo, las descargas de Modric, las febriles llegadas de un Khedira más desatado que nunca o la presencia indetectable de Benzema dejaron una de las mejores versiones del Madrid de la temporada. Fue un equipo desbocado, que se desplegó por oleadas y no concedió una ocasión. Pese a la actitud brava y desabrochada, el equipo de Mourinho no se vio atemorizado ni mínimamente en aquellos minutos por un conjunto que reunía a futbolistas como Silva, Nasri, Agüero o Dzeko. Quizás por eso resulta más inexplicable el volantazo del mánager en la segunda mitad, en la que abonó el terreno de la desgracia.

Tras la reanudación, fue esclarecedora la disposición de los futbolistas sobre el césped del Etihad. La orden marcial de Mourinho llevó al equipo a un repliegue enfermizo que irremisiblemente le llevó al alambre. Cada vez más incrustado en los límites de Casillas, el Madrid vivió en la cornisa. El encuentro se disputó en veinte metros, los primeros que avista el portero desde la vigía. Pésimas noticias para el Madrid, que desdeñó la oportunidad de maniatar a un rival netamente inferior y prefirió habitar al borde del abismo. Al frente, se racionalizaron las incorporaciones de Khedira, no se supo de Di María o Benzema, y Cristiano se enredó en una huída hacia delante, en una desesperada espiral de protestas.

Como hiciera ante el Bayern de Múnich, Mourinho entregó las llaves al rival, que simplemente a base de empuje le sirvió para someter al Madrid, más pendiente siempre de guardarse que de explorar las vías de la gallardía y el fútbol en partidos de esta índole. La mayor rémora del mánager y todos sus fantasmas, se dieron cita de nuevo en un encuentro, como el del Bayern, que el Madrid inició a vuelapluma y debió gobernar con mano de hierro. No lo hizo y lo pago. Por suerte para sus intereses fue un peaje menor en comparación con el precedente. Un haraquiri insignificante si remotamente sirve para que Mourinho pierda el miedo a dar carrete a sus hombres. A sus fenomenales hombres.

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