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El mánager, que cíclicamente se afana en recordar que su futuro está en Inglaterra, soslaya a su afición, ensalzando a San Siro como su estadio favorito

De todas las cruzadas que mantiene en su día a día José Mourinho, el menoscabo del Santiago Bernabéu es de las más complejas de interpretar. Precursor del ‘Pensamiento Único’, y refractario a permitir cualquier voz discordante que interprete como un acto subversivo, el trato displicente que el mánager tiene con el templo madridista es desconcertante. Mourinho, que ante el Manchester City se convertirá en el técnico más joven en llegar a cien partidos en la Champions League, recordó en el Económico portugués que su estadio favorito para jugar como local es San Siro.

Siempre ha recelado el mánager de la actitud bajo su punto de vista apática del Santiago Bernabéu. Después de que el Real Madrid cayera en las semifinales europeas ante el Bayern de Munich, Mourinho menospreció a su estadio, viniendo a decir que sólo se escuchaba a los alemanes. La disposición de la hinchada se contagió del planteamiento del mánager, que acogotó deliberadamente a su equipo tras encauzar la eliminatoria, quedando a expensas de las acometidas del Bayern. Cuentan, que la ovación mayoritaria a David Silva en el encuentro de ida ante el City, lo irritó profundamente.

Otras veces, Mourinho, cuidadoso de nombrarlos, ha ensalzado a los Ultras Sur, “el grupo de detrás de la portería”, la facción más radical y reaccionaria que se da cita en Chamartín. A la conclusión del partido de octavos de final frente al CSKA de Moscú, el mánager se dirigió al fondo donde se aposenta el grupúsculo, de ideología colindante con el neofascismo, para agradecerles su apoyo, discriminando al resto del estadio.

No es esta la única muestra de soslayo hacia la institución, con la que tiene una vinculación contractual hasta 2016. Sus cíclicas declaraciones sobre su querencia por volver a Inglaterra en un punto a medio plazo en su carrera también son inconcebibles, más para un jefe que exige a todos sus subordinados una fijación casi enfermiza, además de un obligatoriedad de seguir punto por punto el libro de ruta establecido por él mismo de puertas hacia dentro y hacia fuera del vestuario.

Proclive a crear estratificaciones entre madridista, madridista disfrazados y pseudo-madridista, Mourinho sigue sin comprender la idiosincrasia de un club y un estadio exigente como pocos. Después casi treinta meses, el mánager debería asumir que no va a cambiar al Santiago Bernabéu, un estadio siempre acostumbrado a la excelencia. Un estadio diferente al de un advenedizo como el Chelsea, o el del Inter, que estuvo casi cuatro décadas de travesía por el desierto. Un problema que no es tal. Un problema que del que nunca se escuchó hasta la llegada de Mourinho. Un problema que no apartó a la institución de ser la más laureada de la historia del fútbol.

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