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Karim Benzema, Gonzalo Higuaín y una comparación que empieza a caducar

El delantero francés del Real Madrid volvió a ofrecer innumerables muestras de calidad ante el Athletic y empieza a erigirse como ariete indiscutible para José Mourinho

Karim Benzema y Gonzalo Higuaín. Gonzalo Higuaín y Karim Benzema. Los dos principales (por no decir únicos) delanteros del Real Madrid parecían hasta hace no mucho estar atrapados en un debate recurrente y que llegaba a hastiar por momentos. Parecían, insisto. Cada vez es más latente entre el madridismo y el mundo del fútbol que Karim Benzema es otra cosa. Mucha tela. Demasiada para Gonzalo Higuaín. Así, no resulta extraño que José Mourinho eligiera al francés para los partidos decisivos del año pasado. A vida o muerte, cuando todo es o cara o cruz, o sí o no, Karim Benzema. Se va dejando atrás de esta forma la manida polémica sobre cuál es el que mejor desempeño realiza para el conjunto blanco.

Sin embargo, conviene advertir que el enfoque habitual está siendo tan erróneo como hiriente para el 'afectado': ensalzar a Benzema no tendría que ser sinónimo de criticar a Higuaín. La comparación, simple y llanamente, no tendría que admitirse. Los 'Higuainistas' han de abrir los ojos: el equiparar a ambos futbolistas hace mucho daño al 'Pipa', más aún si se ha jugado o está por jugarse en un corto espacio de tiempo un partido importante, especialmente si es de Champions League, la Kriptonita del argentino.

En cualquier caso, cuestionar la calidad y los números de Higuaín es cuanto menos ridículo. Del mismo modo lo es empeñarse en ponerle a la altura de Benzema. Cuando Gonzalo Higuaín (entre otros) no se atreve a pedir un baile, Karim Benzema no solo es que ya haya bailado y pasado la noche con la chica más guapa de la fiesta, sino que le está llevando el desayuno a la cama. Porque además, nunca queda mal.

De clase y elegancia va sobrado. El '9' del Real Madrid parece jugar con traje y corbata. Tiene esa sutileza, ese saber estar que engrandece al experimentado y señala al novato, que distingue al padre del hijo o al hombre del niño y que, en definitiva, diferencia al gran jugador del mejor jugador. Consigue levantar al público con algo más que goles. Cae a los costados para recibir el balón y asociarse en acertadas y precisas cabalgadas en las que va seleccionando minuciosamente a su mejor socio mientras parece ir diciendo "ten", "dámela", "tómala", "esto lo acabo yo", "métela tú, que a mí me da la risa".

O baila un vals en media baldosa dentro del área para después hacer "tic" y ponerla donde él quiere, donde otros ni imaginan, mientras el zaguero queda prendado de su juego de pies. Y siempre esa sensación de que cuando interviene no es en vano, que algo que vale la pena está a punto de suceder, que el precio de la entrada ha merecido ser pagado por el momento que está llegando. La belleza de su juego, finalmente, es excelsa, al alcance de muy pocos. Impepinable. Indiscutible.

El día que el francés consiga definitivamente mejorar su actitud y pasar por el microondas esa sangre fría que recorre su interior y que de cuando en cuando parece emanar de un congelador estará en el top 5 mundial. Sin ningún género de duda. En el Real Madrid son conocedores de ello y lo demuestran dándole una situación de privilegio en el escalafón salarial, en el que solo tiene por encima, por este orden, a Cristiano Ronaldo, Ricardo Kaká, Iker Casillas y Mesut Özil.

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