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El centrocampista del Real Madrid volvió a dar una nueva clase de fútbol bajo unas circunstancias adversas en el Ciudad de Valencia

Insustituible para su entrenador, Xabier Alonso Olano, conocido como Xabi Alonso en los terrenos de juego. Obligatorio definirlo como un gran JUGADOR de fútbol. Así, en mayúsculas. Pueden (deben) subrayarlo, sombrearlo y varias otras ‘chuminadas’ que se les puedan ocurrir para que sea más visible y autoritaria la descripción.

Si Pep Guardiola, uno de los cerebros más privilegiados de la historia del fútbol, fuese preguntado por el de Tolosa, probablemente destacaría ese don que comparte entre otros con don Andrés Iniesta (ruego se levanten en señal de respeto y admiración) de no ser extravagante, grandilocuente ni frecuente de aquello que ahora me viene en gana bautizar como ‘Fútbol Rosa’. Así, se aleja del prototipo de jugador tatuado de pies a cabeza, lleno de pendientes, amigo de las polémicas e íntimo de las fiestas acompañadas del agua mágica de la alegría (exceptúen celebraciones futbolísticas, que el centrocampista solo se limitaba a festejar lo logrado).

Pero, al igual que el manchego, Xabi Alonso no solo destaca por una actitud y una apariencia correcta. Desde su fichaje por el Real Madrid en la temporada 2009/2010, y pese a que ya venía demostrando muchos años atrás de qué es capaz, su evolución e importancia ha ido creciendo sin prisa pero sin pausa, ganando casi de inmediato el favor del Santiago Bernabéu, estadio exigente donde los haya.

Elegancia, temple, sobriedad, carácter, sacrificio y talento (mucho), conforman un rápido listado que da buena cuenta de lo que Xabi aporta tanto al Real Madrid como a la Selección Española. Características muy cotizadas y casi en peligro de extinción en el fútbol moderno. Atributos que hacen que su figura sea al fútbol lo que la de George Clooney al mundo del Séptimo Arte o la de Roger Federer al de la raqueta. Sublime. Indiscutible. Ganador.

Este pasado domingo, cuando el Ciudad de Valencia era una piscina que intentaron hacer pasar por campo de fútbol, apareció él. Otra vez. Partido sin alardes a primera vista, pero de los de Matrícula de Honor si se analiza meticulosamente. De los que ensalzan los entrenadores, vaya. Como nuestros padres cuando éramos pequeños (y no tan pequeños), se encargó de prácticamente todo: kilómetros y más kilómetros de apoyos, coberturas y recuperaciones, todo ello aderezado con sus espectaculares balones en largo, indispensables para lidiar con el lamentable estado del terreno de juego. Marca de la casa.

Allá donde había un hueco sospechoso, aparecía uno de blanco con el 14 a la espalda para ocuparlo. Hasta se permitió el lujo de no anotar un penalti de capital importancia, para luego redimirse colocando un balón hecho caramelo para que el niño de la cantera, Álvaro Morata, lo disfrutase y celebrase su fiesta particular. Una vez más, recital del dueño y señor del medio del campo del Real Madrid.

Solo cabe una pega: su edad. Claro, que no se le puede culpar a él, pues la vida pasa para todos. Ley de ídem. El mediocentro blanco pondrá el 31 en su casillero de aniversarios el próximo 25 de noviembre. Y lo hace, para colmo de males, sin estar totalmente cerrada su renovación, de imperial e inmediata necesidad, puesto que acaba contrato en 2014 con el club de Chamartín. Miedo; miedo y drama total. Mourinho, quien le considera su extensión en el césped, lo sabe, y atendiendo a cómo actúa el luso, no será raro que todo llegue a buen puerto: el fiel caballero del ‘Rey Mou’ ha de permanecer en la corte.

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