thumbnail Hola,

El caso de Cesc Fábregas en el Sánchez Pizjuán reabre el debate de si el Comité Disciplinario debería sancionar este tipo de acciones o no

Viendo a Zurutuza lucir bigote el sábado en el derbi vasco me hizo recordar a aquellos tiempos en los que el fútbol era más puro, era más fútbol. Ahora todo es técnica, estrategia, fútbol de vestuario. Antes, los jugadores salían al campo a darlo todo, a jugar, a competir, a morir en el campo. Viendo a Zurutuza se recuerda a esos centrales que repartían patadas a diestro y siniestro, y delanteros que intentaban esquivar esas entradas y que, si eran derribados, volvían a levantarse de inmediato para seguir jugando.

Sin embargo, el fútbol se ha ido degenerando, o regenerando, en un deporte hecho de jugadores que tratan de jugar al límite, pero no del fútbol, si no del engaño. La denominada 'picardía', requisito casi esencial para los jugadores ofensivos, se ha llevado a su máxima expresión. Ahora el fútbol ha perdido su esencia, y se ha convertido en un deporte más elitista, donde la dureza es sancionada, pero la simulación, si está bien ejecutada, no.

En el Sánchez Pizjuán vivimos un episodio más de este tipo de juego, para algunos brillante, para otros no tanto. Cesc Fábregas, uno de los centrocampistas que atesoran más calidad en sus piernas en el panorama europeo, se cargó, literalmente, uno de los partidos más vibrantes de lo que llevamos de temporada.

Con un gesto, para algunos inteligente, para otros deplorable, expulsó a un mediocentro pasado de revoluciones que, a su vez, es la columna vertebral de su equipo. En un encontronazo de ambos, Cesc va a buscar a Medel, y viceversa, y cuando ambas cabezas se tocan, siendo el chileno el que hace el amago de darle, Cesc se echa las manos a la cara visiblemente dolorido.

El mediocentro catalán consiguió que Mateu Lahoz pasara por el aro, incentivado también por el expediente de Medel, que no es la primera vez que se ve envuelto en un lance de estas características. El partido cambió, para el lado catalán, que vio como en el minuto 92 conseguía el gol de la victoria, dejando a los sevillistas con la cara de tonto.

Las cámaras reflejaron claramente como el golpe, que existió, fue leve, y para nada como para echarse las manos a la cara. Pero bien es cierto que con la picardía también se ganan partidos. La pregunta que resaltamos, viendo las consecuencias que tuvo su acción es, ¿Por qué no se puede recurrir una acción así? El Comité, cuando se ha cometido una infracción, sanciona al futbolista dependiendo de la gravedad de sus hechos. ¿Es engañar al árbitro una infracción de las leyes del partido? Si un jugador se tira en el área y el árbitro lo ve, es amonestado.

El Sevilla se vio claramente perjudicado de una jugada maestra de Fábregas. La picardía es la salsa del fútbol, lo que le da esa chispa de adrenalina que hace saltar del asiento a los aficionados. Pero no siempre la picardía se usa con ética. Viendo a jugadores como Miroslav Klose reconociendo que marcó con la mano, se echa en falta la honestidad propia de un deporte tan maravilloso como es el fútbol.

Artículos relacionados