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El técnico del Madrid, que ha atacado a la profesionalidad de sus jugadores reiteradamente, se parapeta tras ellos para desviar la atención sobre sus dudosas decisiones tácticas

Ante los problemas que atraviesa el Real Madrid en el inicio de la temporada, José Mourinho ha elegido la peor táctica para aplacar una crisis de consecuencias impredecibles. Resuelto a eximirse de su innegable cuota de culpabilidad, el técnico ha señalado frontalmente a sus jugadores, ha abierto una brecha irreparable entre el vestuario y el y ha fomentado un clima irrespirable en el club. “No tengo equipo”, zanjó el portugués en referencia a una plantilla que hace apenas cuatro meses le llevó a golpe de récord al título de Liga.

Desde el inicio del curso, Mourinho se ha encargado de poner en entredicho la profesionalidad de sus hombres. Lejos de solucionar nada, las acusaciones directas al plantel no ha hecho sino ensanchar la ruptura con muchos de sus hombres más importantes. Hay futbolistas del Real Madrid que no aguantan a Mourinho. Consideran que el técnico simplemente quiere salvarse a si mismo, se está comenzando a tirar del barco y les está usando de parapeto para tapar las carencias sobre su modelo y empedrar su posible salida del club. El capitán es el primero en bajarse de un barco que patronea a la deriva.

“Hay pocas cabezas comprometidas y pocos creen que el fútbol es el centro de sus vidas”, aseguró Mourinho tras la derrota en Sevilla, que encontró un respaldo dispar por parte de sus hombres. Por un lado, los internacionales españoles, con Sergio Ramos a la cabeza, no suscribieron el discurso de su jefe, al que cada vez contravienen más en público y en privado. “Aquí todos somos culpables para lo bueno y para lo malo”, chocó el central español, desmarcándose claramente del discurso del entrenador.

Sí adjuntaron la versión institucional otros jugadores del núcleo protegido por Mourinho, como Pepe o Marcelo, que asumieron la crítica e incluso refrendaron las palabras del entrenador.

Descolgado prematuramente de la competición doméstica, y temeroso de la visita al Camp Nou del 7 de octubre, Mourinho está explorando la vía del incendio interno como cortina de humo. Tras quejarse lastimosamente desde su llegada a España de asuntos tan dispares como árbitros, horarios, organización interna del club o colegas de profesión, el técnico portugués ha optado por promover una guerra civil de incierta resolución.

Resulta una estrategia premeditada a conciencia más para desviar la atención sobre el pésimo juego del equipo y orbitar los problemas estructurales lejos de las dudosas decisiones que está tomando en el transcurso de los partidos, que para nada mejoran al equipo, o los planteamientos rácanos que sigue orquestando. Los problemas más evidentes del Real Madrid en el Sánchez Pizjuán fueron futbolísticos, por mucho que Mourinho focalice en el apartado de la actitud las taras de un equipo que corrió más que jugó ante el Sevilla, donde no fue capaz en noventa minutos de imponerse a un inicio adverso.

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