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En el primer aniversario del 15-M, repasamos las historias de un jugador que contribuyó a cambiar la sociedad a través del fútbol, y uno que no quiso ser participe de este mundo

También en el fútbol, corren malos tiempos para los idealistas. Se impone el negocio en un deporte que parece desconectar de la realidad social que se vive. “Vivimos en un mundo completamente diferente”, asumía José Mourinho en ABC. En un país en el que las tasas de paro y descontento juvenil alcanzan cotas aberrantes, los actores del mundo del fútbol encuentran en su don la suerte de alejarse de la apesadumbre colectiva. Todavía hoy, cuando se cumple el primer aniversario del ‘Movimiento 15-M’ los futbolistas que piensan, los futbolistas indignados, apenas son versos sueltos en un entorno púrpura, regado de dinero, listas de acceso y espacios reservados.

De Sócrates a Javi Poves, jugador del Sporting que lo dejó todo el año pasado, siempre ha habido hombres con inquietud en este mundillo. El último, personalizado en la figura del canterano sportinguista, por contemporáneo y transgresor, es un ejemplo del compromiso que puede alcanzar un individuo con sus ideales. Es mucho más fácil revelarse contra el sistema cuando no se tiene trabajo ni expectativas de conseguirlo. Al fin y al cabo, España es un país de oportunistas y el individuo apenas atisba más allá de su ombligo. Por eso tiene tanto valor lo que hizo Poves. “¿De qué me sirve ganar 1.000 euros si se que se obtienen con el sufrimiento de mucha gente?”, reflexionaba tras certificar su retirada el verano pasado a los 24 años.

La opción tomada por el madrileño queda acreditada por encima de la favorable coyuntura personal, anteponiendo su indignación a una existencia en el fútbol, algo por lo que muchos daríamos todo. “En el fútbol todo es dinero, está podrido, y se te quita la ilusión”, sintetizaba .

Es el caso de Poves un caso singular, porque seguro se trata de una persona atribulada por el mundo en el que vive. No se definía como antisistema, porque no cree en el. Por eso rechaza convenciones sociales asumidas seguro en la mayoría de los que convirtieron Sol en su foro. ¿Quien es tan férreo de principios para llegar a dejar de lado a los bancos y exigir su nómina en metálico? ¿Quién llega a declinar un coche regalado? “En vez de tanto 15-M y tanta hostia, lo que hay que hacer es ir a los bancos y quemarlos, cortar cabezas”, exhortaba un futbolista acostumbrado a escrutar ‘El Capital’ de Karl Marx o ‘Mein Kampf’ de Hitler durante su tiempo libre.

Sócrates, fallecido en diciembre de 2011, nunca pudo compartir pareceres con Javi Poves, pero el descontento y la convicción de poder cambiar el mundo les une. También su querencia por los postulados comunistas de Marx. Fue Sócrates, en cambio, una persona menos radicalizada que el español, que nunca se alejó del fútbol, sino que lo vehiculizó como herramienta para proclamar su irreverencia y la de la masa. “Si la gente no tiene el poder para decir las cosas, yo las digo por ello”, se comprometía.

Así, fue habitual verle reivindicando desde el mismo terreno de juego. Sócrates se convirtió en la bandera del Corinthians, un club que se alzó en símbolo de la revolución contra la dictadura brasileña en la década de los ochenta. Los futbolistas, con ‘El Doctor’ a la cabeza, solían enarbolar pancartas que abogaban por los derechos de un pueblo terriblemente oprimido. “Democracia”, “Quiero votar a mi presidente”, “Derechos ya”. Fueron los abanderados de lo que se llamó la “Democracia Corintiana”, una corriente político/futbolística que aún constituye el mayor movimiento ideológico de la historia del balompié brasileño.

Esa forma de entender la vida y el fútbol, además de su desempeño social, extrapoló el cooperativismo al terreno de juego. La voz de todos los actores del Corinthians tenía la misma vigencia y valor. “El trabajador más simple tenía el mismo peso que el patrón a la hora de votar”, explicaba Sócrates.

La huella de Sócrates será indeleble, y tendrá valor siempre, porque evidenció que el fútbol debe tomar partido cuando de injusticias se trata. Los futbolistas, héroes de nuestro tiempo, optan ahora por asumir un papel indiferente, separándose irremediablemente de sus valedores principales, los aficionados. Sócrates cambió eso, y Poves no accedió a ser partícipe. “No quiero vivir prostituido, como el 99% de la gente. Si no puedo tener una vida limpia en España, lo haré en Birmania, donde sea”.

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