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Mourinho demuestra que es técnico para las grandes citas

El luso ganó el envite a Simeone y a sus detractores en el Bernabéu en uno de los momentos más tensos desde que aterrizara en Concha Espina. El corresponsal del R.Madrid lo analiza

El Real Madrid solventó el derbi con una eficiencia durante sesenta minutos que terminó tornando en brillantez. Lo que últimamente costaba ver en el equipo blanco. Llegaba un equipo con solera y chispa al Santiago Bernabéu, y se marchó un equipo decepcionante, dejado al sempiterno destino de los derbis. Los hombres de Mourinho supieron dar la cara y rompérsela cuando fue necesario, madurando poco a poco el partido hasta que aparecieron los destellos de un Ronaldo que diluyó el sueño rojiblanco.

El equipo reaccionó y, causa o consecuencia, Ronaldo brilló. Y no por casualidad, sino por talento y empeño. Se hablaba de su duelo con Falcao, y el Tigre al final acabó fagocitado por el rodillo merengue. Y mientras tanto, Cristiano dejaba una lista eterna de regates, controles, carreras, disparos y hasta unos robos en defensa que levantaron al respetable. Marcó un golazo, dio una asistencia, estrelló otra falta en el larguero y un disparo más en el palo. Se le pedía que apareciera, que tirara del carro, y esta vez cuajó un partido primoroso.

Es una de las mejores noticias para los blancos. “Ahora, cada victoria es importante para nuestra moral” confesaba Arbeloa en zona mixta, que no dudó en reconocer que, comparado con el partido en el Benito Villamarín, fue “el día y la noche”. Y precisamente por ello, desde los propios círculos madridistas no se terminaba de confiar en una victoria en el derbi. Y transcurridos los noventa minutos reglamentarios, el Real Madrid se encuentra ahora mismo a la misma distancia del Barcelona, pero tres puntos más cerca del Atlético, habiendo dado un golpe en la mesa demostrando ganas de vivir en el campeonato, y habiéndose reconciliado también con su afición. La misma que silbó hace apenas cinco días, que antes, durante y después del derbi acabó ovacionando a su equipo.

Y ahí es donde se vislumbra otro de los grandes vencedores de la noche: José Mourinho. Pocos podrán discutirle sus éxitos deportivos, inversamente proporcional a los que pueden recriminarle sus formas y su actitud personal. Pero de lo que nadie puede dudar es de que tiene personalidad. Mucha. Un día antes en rueda de prensa había invitado a sus detractores a silbarle a él a las 21:20 en el propio estadio. Y apareció. El gesto tenía poco fondo, porque la situación no es tan crispada como para que una afición que suele llegar con el partido empezado adelante 40 minutos su rutina para silbar al propio entrenador. Pero la pantomima sí que tenía mucho de simbólico, convirtiéndose así en uno de los pocos, o el único entrenador que se cita con su propia afición para que le silben.

Le salió bien al técnico el teatrillo, eso sí. Porque los pocos que había a las 21:20 le aplaudieron, porque luego al inicio del partido los que le apoyan llegaron también con más ganas de hacerse notar, pero sobre todo, porque se neutralizó completamente al Atlético sobre el campo y se sumaron tres puntos. Quién sabe cuántas opiniones hubieran cambiado de las 21:20 a las 23:20 si no se hubiera ganado el derbi, pero no fue así.

El derbi volvió a caer del lado merengue, el noveno de forma consecutiva, y el partido marchaba tan encarrilado que todavía Mourinho pudo tirarse dos pegotes antes de meterse en la cama. Primero, sacando al canterano José Rodríguez en los minutos finales, como le hizo Pep Guardiola en el Clásico de Champions en el Bernabéu con Sergi Roberto. Y después, dejando a Karanka que saliera a rueda de prensa, evitando encontrarse con la siempre para él molesta prensa con el respaldo que le daba la victoria. Otras veces no le salen tan bien las jugadas, pero esta vez, en una cita de las grandes, Mourinho se desenvolvió como pez en el agua. Consiguió hacer olvidar al madridismo por unas horas que el Barcelona está a once puntos de distancia.

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