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No se pierdan a Leo Messi, Cristiano Ronaldo y Radamel Falcao

Déjense de fanatismos. Los tres son un auténtico regalo para seguidores de cualquier equipo

En 1991 me encontraba en plena adolescencia, edad que tiene sus ventajas – normalmente restringidas a un físico exuberante, del que hoy siento nostalgia – y sus inconvenientes – con mucha frecuencia relacionados a notables dosis de inmadurez que variaban entre los tamaños L y XXL. Como ya he comentado en algún artículo anterior, me crié en un entorno completamente madridista, lo que hizo que, en términos futbolísticos, mi capacidad de juzgar equipos, jugadores y técnicos que no fuesen merengues de forma objetiva durante mi pubertad fuese bastante limitada, por no decir nula.

En junio de aquel año, y después de dos temporadas infructuosas, Johan Cruyff ganó su primera liga como entrenador del Futbol Club Barcelona. Por supuesto, a mi el arrogante holandés – expresión cercana al pleonasmo – me parecía un completo fraude, incluso después de vencer sacándole 10 puntos de ventaja al segundo clasificado. En mi sesgada cabeza, las milongas sobre el fútbol ofensivo, el juego por los extremos y la posesión del balón propagadas por Johan y su ayuda de cámara Charlie Rexach no eran más que tonterías, discursos vacíos de cara a la galería porque nadie podía jugar mejor que el Madrid de la Quinta del Buitre o de la de los Machos, dependiendo de si nos gustase más Emilio Butragueño o Hugo Sánchez.

La ceguera me duró unas cuantas temporadas más, durante las cuales Cruyff y el Barcelona ganaron otras tres ligas – todas en el último partido y sin depender de ellos mismos, todo sea dicho – e implantaron un estilo de juego que perdura hasta hoy en el club catalán. Con evidentes desajustes defensivos, aquel Barcelona era una maravilla para el espectador, ya que garantizaba partidos abiertos, goles a granel y sorpresas positivas y negativas por doquier.  

Pero el exceso de testosterona de aquella fase imberbe me impedía razonar futbolísticamente. En mi limitada visión del mundo, prefería maldecir a Ronald Koeman y a Hristo Stoitchkov que entender y apreciar los indudables atractivos del equipo azulgrana y de su estilo de juego. Llegué a discutir fuertemente con un amigo culé porque tuve el valor, o mejor dicho la ignorancia, de decir que una obra maestra de Michael Laudrup y Romário en Pamplona sólo había terminado en gol porque la defensa del Osasuna era muy flojita.

Por supuesto, cuando Laudrup llegó al Madrid de Jorge Valdano traicionando al enemigo barcelonista, el danés se convirtió inmediatamente en un genio de visión de juego incomparable. Y así seguía mi vida, creyendo que el blanco y el negro existen, que los míos siempre son los buenos, y que los buenos nunca se equivocan.

Con más años, más experiencia y menos testosterona, las cosas empiezan a verse de otra forma. Unas veces mi equipo juega mejor que el contrario y otras desgraciadamente no. Unas veces el árbitro nos da una manita y otras veces nos la echa al cuello. Unas veces el entrenador de mi equipo se queja con razón, y otras solo dice bobadas. A pesar de que existen vergonzosas excepciones entre periodistas, aficionados y directivos que ya peinan canas, la regla nos dice que la edad centra y hace apreciar con más riqueza las aficiones que realmente te interesan.

Por eso me arrepiento de haber sido tan burro en mi adolescencia. Pasé la época del Barcelona de Cruyff, de tanta importancia para el desarrollo posterior del fútbol español, insultando a Stoitchkov y pidiendo expulsiones de Koeman en cada partido (nota: por lo que creo recordar, las merecía con cierta frecuencia), en lugar de disfrutar las innovaciones tácticas del equipo y su increíble plasticidad en el juego de ataque. También desprecié el Atlético de Radomir Antic y Milinko Pantic, que por diferentes motivos era un prodigio de disciplina y orden en el campo. Aquéllos fueron momentos dorados para el fútbol español, y tanto yo como muchos otros no supimos sacarles el jugo que merecían por nuestra visión parcial y subjetiva del fútbol.

Hoy nos encontramos en otra fase de lujo, aunque por motivos diferentes. A pesar de que la competitividad de La Liga deja mucho que desear, somos privilegiados en poder ver a tres jugadores en un nivel tan increíble como el que han alcanzado Leo Messi, Cristiano Ronaldo y Radamel Falcao.

Antes de esta brutal fase anotadora de los dos primeros, que ya dura algunas temporadas, en el fútbol español moderno sólo Hugo Sánchez consiguió una media de un gol por partido una vez, en una única temporada irrepetible, la del Real Madrid de John Toshack.  

El número parecía inalcanzable para otro jugador durante una temporada completa, y casi extraterrestre que alguno lo mantuviese a lo largo de varias. Messi y Ronaldo nos han mal-acostumbrado y están dejando esa media pequeña, especialmente el argentino, que superó ayer el record de Gert Muller y que lleva un par de meses metiendo goles de dos en dos. Cristiano Ronaldo lleva 167 en 167 partidos con el Real Madrid. Y en la misma línea está Falcao, que desde la llegada de Simeone al Atleti ha hecho 55 goles en 55 partidos oficiales, cinco de ellos – y debían haber sido seis – en el mágico 6-0 de ayer contra el Deportivo.  

Por eso, si vive usted despreciando a Messi por barcelonista, a Cristiano por madridista o a Falcao por atlético, piénselo dos veces. Concéntrese en el fútbol, disfrute de la incomparable calidad de estos tres cracks. El hecho de que tengamos este trío en La Liga es un auténtico privilegio, y al paso que va el campeonato, es muy posible que dentro de 10 años nos encontremos con un torneo sin competitividad, aburrido y sin estrellas como éstas a las que hoy nos agarramos, y que nos sorprenda la triste convicción de que cualquier tiempo pasado fue mejor.

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