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No hace ni cinco minutos que los españoles empezamos tener éxito deportivo y ahora resulta que perder un partido es una tragedia

El primer Mundial que recuerdo es el de España 82. Antes del partido inaugural, lleno de infantil ingenuidad, se me ocurrió preguntarle a mi padre si íbamos a ganar el torneo. ‘¿España? No, nunca ganamos nada’, me contestó. ‘Es mejor que vayas con Brasil’.

La respuesta, llena de cierto cinismo pragmático muy propio de mi familia, me decepcionó un poco. Aún así, vi el Mundial entero de cabo a rabo, sufrí con las derrotas de mis dos equipos – España y la teórica apuesta segura, Brasil – y me enganché definitivamente como espectador de un deporte que practicaba con mucho esfuerzo y poco acierto todos los días.

Con la honrosa excepción de la Eurocopa del 84, en la que España llegó hasta la final, los siguientes torneos de selecciones le dieron la razón a mi padre. En lo relativo al fútbol, su generación y la mía se educaron en el fatalismo, el derrotismo y la certeza de que nos iríamos a casa en nuestro mejor partido, por lo menos 10 días antes de la final.

Por eso, a pesar de que poco a poco los clubs primero y finalmente la selección se han ganado el derecho a ser considerados candidatos al triunfo en cualquier competición en la que participen, a los que tenemos más de 30 nos cuesta creernos el papel de favoritos. Un resultado negativo siempre es posible, y cuando acontece, no puede sorprendernos.

Champions League

Con este contexto, antes de que empezasen los octavos de final de la Champions de esta temporada, el optimismo excesivo sorprendía a las generaciones adiestradas en la derrota: ‘¿Pleno español?’, se preguntaban los periódicos y los programas de radio. A ninguno de los nuestros les habían tocado peritas en dulce precisamente, pero parece que, después de cinco minutos ganando, ya estamos ebrios de éxito y
se nos ha olvidado que los otros también juegan.

La primera vuelta llegó y nos topamos la dura realidad. Como entraba dentro de lo posible, no le ha ido bien a ninguno de los equipos españoles, con excepción del Levante en la Liga Europa. Nada extraordinario, teniendo en cuenta que se jugaban los cuartos contra Manchester United, AC Milan, PSG y Porto.

Y como siempre, no puede faltar la clásica ciclotimia nacional. A la sobredosis de optimismo le sigue la desesperación total. Ahora parece que los cuatro equipos españoles ya no tienen la menor opción de pasar, y al fracaso ya seguro le sigue la segunda derivada, el cuestionamiento de nuestra liga, que hace dos semanas era la mejor del mundo y ahora parece la quinta de Europa.

Ni tanto, ni tan calvo. Ni éramos imbatibles, ni somos un desastre. Hay cuatro partidos de vuelta apasionantes, e incluso aunque los resultados no sean positivos, habrá equipos españoles peleando por títulos europeos de nuevo el año que viene. Háganle caso a un miembro de una generación educada en la derrota: siempre hay tiempo para ganar.

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