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Aquellos polvos nos trajeron estos lodos. El Real Madrid ha perdido el ritmo y nos hemos quedado sin Liga. ¿Y ahora qué?

Desde hace algunos años, sabemos que la Liga BBVA es cosa de dos. Todo el campeonato está diseñado para que Barcelona y Real Madrid cuenten con todos los recursos financieros y deportivos para jugarse el título entre ellos. Ambos gigantes dominan la distribución de los derechos televisivos con el beneplácito de la Liga de Fútbol Profesional, y consiguen árbitros a dedo cuando les parece oportuno. El resto de clubs se queja y lloriquea, pero no se planta, mientras los problemas crecen para que la mayoría de ellos pague sus deudas y consiga mantener un nivel mínimo de competitividad.

¿A dónde nos ha llevado esto? A que en el momento en que a uno de los dos grandes se le ha ocurrido pasar por una crisis interna, nos hemos quedado sin liga a mitad del mes de diciembre. Llámenme exagerado, pero luego piensen dónde se va a dejar el Barcelona 9 puntos en la segunda vuelta, y sobre todo cómo van a conseguir este Real Madrid esquizofrénico y este Atlético que está haciendo milagros con una plantilla cortísima en la que el Cata Diaz sustituye a Filipe Luis, mantener un ritmo similar al de los catalanes en la segunda vuelta.

La falta de competitividad del campeonato aumenta por otras reacciones en cadena generadas por la desigualdad. Hace diez años, cuando Deportivo y Valencia se permitían tutear a los dos grandes, toda ciudad española con un equipo de Primera esperaba la visita de Barcelona y Real Madrid como un acontecimiento único, casi como ya sólo se valora en la Copa del Rey. Esos eran los partidos en los que los futbolistas – y los técnicos – de los equipos menores salían a morder, a mostrarse, a conseguir un contrato con un grande después de una victoria memorable contra un gigante. Pero hoy en día el abismo entre el duopolio dominante y el resto es tan grande que estos mismos equipos dan el partido por perdido de antemano y reservan jugadores o incluso hacen que sus estrellas fuercen tarjetas para no jugar contra el Barça o el Madrid, cosa impensable hace algunos años. Los otrora partidos más importantes de la temporada se han convertido en formalidades por las que el resto del campeonato quiere pasar de puntillas.

Evidentemente, todavía hay excepciones. Sin ir más lejos, el Espanyol de Javier Aguirre le ha sacado un punto al Madrid este fin de semana, aunque en este caso los Periquitos usaron el partido como oportunidad de recuperar su bajísima autoestima, y los Merengues mostraron la situación de conflicto de personalidad por la que pasan. No saben a lo que juegan, y así es difícil ganar. Pero, volviendo al asunto central, es por el lado del Real Madrid donde el equilibrio se ha roto.

El status quo estaba satisfecho con una Liga de dos en la que, como escribí hace algún tiempo, los aspirantes al título competían por Liga y Champions League, mientras que el resto, la clase media, se turnaba para dominar la Europa League. El problema es que si falla uno de los grandes, el chiringuito se va al garete. ¿Qué audiencias tendrán los partidos de Liga del ya entregado Real Madrid de ahora en adelante? ¿A qué aficionado neutral le interesa ahora el partido del Barcelona, sabiendo que es prácticamente imposible que pierda, ya que no tiene competidores? El equilibrio de este modelo desigual era muy precario y se ha ido al garete tras la claudicación del Real Madrid. El impacto económico para el campeonato puede ser brutal, tanto en pérdida de ingresos por taquilla – que ya estaban muy afectados por la crisis – como en audiencias televisivas cada vez menores.

Que un equipo domine el campeonato con mucha ventaja puede pasar, forma parte del devenir de cualquier competición. Lo que no tiene sentido es que todo esté estructurado para que uno de dos se lleve todos los títulos. De esta forma la competición se devalúa mucho, como ha pasado en las últimas temporadas, pero todavía es peor porque cuando uno de esos dos falla, queda herida de muerte.

El Real Madrid ha fallado y con él se nos ha muerto la Liga BBVA. Nos esperan cinco meses de tedio, en los que tendremos que consolarnos analizando hasta la saciedad la lucha por el descenso y los puestos de Europa League, porque no habrá pelea alguna por el título.

Sinceramente espero que la cuenta de este duopolio absurdo llegue, que sea muy cara y que asuste a algunos cuantos. Es la única esperanza que nos queda de que alguien en la LFP decida finalmente copiar a los comisionados de las grandes ligas americanas y se ponga a pensar en cómo hacer el campeonato realmente competitivo. Aunque, pensándolo bien y teniendo en cuenta la historia reciente, es muy probable que sea una esperanza vana.

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