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El presidente del Real Madrid fichó a un entrenador polémico, agresivo, con mucho carácter y que da resultados. Ahora se da cuenta de que, después de la euforia, llega la resaca

Se pueden decir muchas cosas sobre José Mourinho, todas ellas en extremos opuestos del espectro descriptivo. Arrogante, luchador, impetuoso, ganador, antipático, manipulador, ambicioso, exagerado… De lo que no se le puede acusar es de esconder su personalidad, su carácter, e incluso sus malos modos tanto en la victoria como en la derrota.

Cuando un club contrata a Mourinho – y ya lo han hecho varios de los mejores del mundo – sabe perfectamente lo que compra: primeras páginas constantes en la prensa, controversia y discusión diaria, y al mismo tiempo métodos de entrenamiento de primer nivel, sobre todo en la presión y en la transición defensa-ataque, y un espectacular derroche físico del equipo en el campo. Con ese cóctel normalmente llegan títulos, en muchos casos inéditos, como la Champions League que se llevó el Oporto, la primera Premier League del Chelsea o el impresionante triplete del Inter de Milan.

Para muchos presidentes de club, los factores positivos del 'Cóctel Mou' compensan con creces los negativos, ya que los triunfos deportivos importan mucho más que el ruido fuera del campo. Roman Abrahamovic y Massimo Moratti ya pasaron por esa situación y decidieron aceptar los riesgos que conlleva.
En el caso de Abrahamovic, y a pesar de que el ruso acabó despidiendo al portugués, la sombra que The Special One dejó en el banquillo del Chelsea todavía se hace sentir entre los aficionados blues, que idolatran a un hombre que, además de ganar, se peleó con furia contra entrenadores contrarios, árbitros, periodistas y presidentes de equipos rivales. Por su parte, Moratti quedó destrozado cuando Mourinho decidió marcharse al Real Madrid en pleno apogeo cima de su reinado en Milán.

Florentino Pérez siguió los pasos de los magnates ya citados. El presidente madridista sopesó pros y contras, y terminó aceptando los duros efectos secundarios del ‘Cóctel Mou’ a cambio de volver al camino de los títulos. Cuando el Real Madrid decidió contratar a Mourinho, Florentino estaba en una situación desesperada. Había que contrarrestar como fuese el dominio del Barcelona, y el pacto con el – permítanme la licencia literaria – endiablado entrenador portugués parecía la única salida para montar un equipo que pudiese competir contra el archirrival catalán.

Y Mourinho hizo lo que se le pedía. A pesar de que el eterno rival se le atragantó de manera frustrante en la mayor parte de los encuentros disputados a lo largo de dos temporadas, el primer año ganó la Copa del Rey con una rara victoria sobre el Barcelona, el segundo conquistó la Liga española, y en ambas temporadas acabó con el trauma de los octavos de final de la Champions League que el equipo merengue había construido durante años en la máxima competición continental.

Eso sí, como no podía ser de otra forma, Mou alcanzó sus objetivos peleándose con árbitros y entrenadores rivales, quejándose del calendario, despreciando rivales dentro y fuera del terreno de juego, y creando esa mentalidad de ‘nosotros contra el mundo’ dentro del vestuario. La manía persecutoria y los comportamientos desmedidos alcanzaron extremos surrealistas, como en el caso de los paranoicos comentarios sobre el complot de Unicef o el dedo en el ojo a Tito / “Pito” Vilanova. Lo más llamativo de todo este asunto es que en ningún momento ni el club, y ahí hay que leer ‘Florentino’, dejó de apoyarle o le sancionó por sus salidas de tono, por graves que éstas fuesen. En un increíble momento de impulso revisionista, el Presidente llegó a adaptar el concepto de señorío a la nueva realidad mourinhista en una Asamblea de Socios. El Real Madrid no solo toleraba el comportamiento poco ortodoxo de su entrenador, sino que lo apoyaba sin ambages, y acomodaba sus valores históricos a los ataques veleidosos del portugués.

Pero algo ha cambiado en la actitud del presidente madridista hacia el entrenador. No son los 11 puntos de ventaja en 14 jornadas que el Barcelona tiene sobre el Real Madrid los que han provocado el bandazo, aunque han tenido algo que ver. El principal motivo está en el resultado de las encuestas que los gestores del Madrid realizan periódicamente para entender la percepción del socio sobre el club y el equipo, que ahora indican que Mourinho se está quemando entre los aficionados. Florentino, celoso como siempre de su imagen, ya ha empezado a soltar lastre para desmarcarse del portugués, como hemos visto recientemente en los medios oficiales del madridismo. Después de los momentos de farra y exceso a base de Cócteles Mou, Florentino se ha despertado con una monumental resaca mientras los gritos de los socios resuenan en su cabeza.

Sin embargo, y como en una versión futbolística y moderna de Fausto, los pactos con el maligno no se deshacen tan fácilmente. La salida de Mourinho, hoy responsable de 90% de lo que ocurre en la sección de fútbol del Real Madrid, será un proceso lento, doloroso y con muchas más secuelas que una simple resaca. Debería haberlo pensado antes, señor Pérez.

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