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El entrenador catalán se puede permitir el lujo de elegir entre dos banquillos muy atractivos en lo deportivo, pero difíciles fuera de la cancha

Uno de los mayores privilegios del mundo consiste en poder elegir para quién se trabaja, y en este caso me refiero tanto a la empresa que te paga como el jefe al que tienes que aguantar día tras día. Los mejores en sus respectivas especialidades se pueden permitir este lujo, como por ejemplo Josep Guardiola, a quien el pasado fin de semana se relacionó con dos de los banquillos más ‘calientes’ del futbol mundial, el del Chelsea de Roman Abrahamovic y el de la seleção brasileña del presidente de la Confederação Brasileira de Futebol (CBF) Jose Maria Marin.

A pesar de que el magnate ruso ya ha reclutado a Rafael Benítez para Stamford Bridge, el banquillo sigue abierto para Pep. El cartel de ‘interino hasta final de temporada’ que de inmediato le puso Abrahamovic a Benítez, sus anteriores declaraciones sobre Guardiola y la reacción de la hinchada del Chelsea a la llegada del nuevo entrenador el domingo dejan las puertas abiertas a un cambio de opinión del dueño del club de Londres, ya de por sí propenso a las sustituciones constantes de entrenador.

En cualquier caso, esta alternativa londinense tiene pocas posibilidades de materializarse para Pep. El perfil de Guardiola, entrenador que construyó su equipo con base en los jugadores de cantera, acabó con ‘figurones’ como Ronaldinho, Deco o Eto’o, y que no se distinguió por su especial habilidad fichando, parece completamente opuesto al del Chelsea, que hizo un equipo campeón a golpe de dinero ruso manteniendo algunos jugadores de dudosa reputación, como John Terry.

En el caso de la verde-amarela, su ex-técnico Mano Menezes fue despedido el viernes de forma inesperada, justo cuando se empezaba a ganar la confianza de la torcida. Dadas las pocas opciones nacionales existentes, las puertas se abrieron para que un técnico extranjero como Pep, admiradísimo en Brasil, vuelva de su sabático para preparar a la seleção para el Mundial.

Brasil, sobre el papel, parece una opción irrechazable. Dirigir al pentacampeón mundial en su Copa del Mundo, con 18 meses para construir un equipo alrededor de Neymar, es un reto muy apetecible, sobre todo porque Guardiola valora desafíos como este: el banquillo de un país donde el fútbol es religión.

Pero aquí viene la cuestión de darse el lujo de poder elegir con quién se trabaja. Después de 23 años en el cargo y habiendo regateado innumerables acusaciones de corrupción, Ricardo Teixeira, a la sazón yerno y socio de otro crack de las comisiones poco transparentes, João Havelange, renunció a su puesto en marzo de este año, incapaz de resistir la presión de la opinión pública y de la Presidenta Dilma Rousseff.

Era un buen momento para el cambio de régimen, pero presenciamos un nuevo capítulo de ‘Los mismos perros con distintos collares’. Jose Maria Marin, un octogenario político profesional – esto en Brasil es si cabe peor que en España – desde la época de la dictadura militar, se quedó con la silla de Teixeira y comenzó un mandato que no se ha diferenciado en nada del de su antecesor.

Marin ya era famoso en Brasil por un detalle tan surrealista como haber robado una medalla de la Copa São Paulo de Futebol Junior, una especie de campeonato juvenil que se juega en São Paulo todos los meses de enero. En la entrega de trofeos, Marin fue pillado in fraganti por una cámara de la Red Bandeirantes mientras se guardaba una medalla en el bolsillo.

Cuando el consiguiente escándalo estalló, el presidente de la Federação Paulista, Marco Polo del Nero, explicó que él había regalado la medalla a Marin, explicación que, según lo que muestran las imágenes de la televisión, no tiene el menor sentido. No por casualidad, del Nero es hoy la mano derecha de Marin en la CBF, y ha tenido un papel fundamental en la despedida del entrenador de la seleção.

Menezes había dado motivos para el despido cuando Brasil fue eliminado humillantemente en los cuartos de final de la Copa América en 2011, pero el técnico era una apuesta de Teixeira, que en aquel entonces le mantuvo en el cargo. Marin también podría haberle echado cuando asumió la CBF en marzo, un momento en el que Menezes no tenía casi apoyo entre aficionados y periodistas, principalmente porque el equipo no jugaba a nada.

Sin embargo, poco a poco la seleção empezó a carburar. Hizo unos Juegos Olímpicos decentes, en los que machacó a todos sus adversarios hasta que contra pronóstico perdió la final contra México, y luego enganchó una serie de amistosos contra equipos medianos en los que se impuso convincentemente en todos. El último de estos amistosos, un torneo a doble partido contra Argentina lleno de suplentes en ambos bandos, terminó con victoria de Brasil en la tanda de penaltis. Lo más importante, Menezes parecía haber encontrado una fórmula de juego consistente, con Neymar de falso nueve y una estructura defensiva bastante sólida.

La salida de Menezes solo se entiende como una forma de que Marin imponga su sello y rompa con la herencia de Teixeira. Para eso, técnicos nacionales como Tite – campeón de la Libertadores con el Corinthians, pero muy defensivo – o Luis Felipe Scolari – que perdió el puesto como entrenador del Palmeiras tras dejarlo en el descenso – no son cambios suficientemente drásticos como para justificar la destitución. El nombre de Pep encaja a la perfección en los propósitos de Marin.

El brasileiro quiere un fichaje de relumbrón para no pasar a la historia como el presidente de la CBF que hizo el ridículo en el Mundial de 2014, y Pep, independientemente del resultado, le da la coartada perfecta. ¿Vale la pena lavarle la cara a un personaje como Marin para sentarse en el banquillo más laureado del fútbol de selecciones? Es duro, pero me temo que sí.

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