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El Álvarez Fútbol Club

El Álvarez Fútbol Club

Getty Images

Los futbolistas no son del Real Madrid o del Barcelona. Son del equipo que les saca de titulares y no se les puede culpar por ello

En mi primer viaje acompañando a la selección española, hace algunos años, surgió un fuerte rumor que afirmaba que un jugador del Barcelona, muy descontento por su reciente suplencia, estaría dispuesto a irse al Real Madrid. El rumor era todavía más sorprendente, dado que el jugador en cuestión se había ‘hecho’ en la cantera catalana, y era por lo tanto un símbolo del barcelonismo.

En el bar del hotel de la prensa, en mitad de una conversación con un periodista experimentado y un ex-entrenador que hoy trabaja para uno de los patrocinadores de la selección, se me ocurrió decir de forma ingenua que no entendía que un barcelonista se acercase al Madrid de esa forma. ‘Si tú fueses futbolista, no serías del Barça ni del Madrid’, me contestó el ex-entrenador, ‘serías del Álvarez Fútbol Club’. El periodista se rió del comentario y me explicó: ‘Lo que un jugador quiere por encima de cualquier otra
cosa es jugar. El resto –fidelidad al club, compañerismo con sus colegas, relación con la hinchada– son detalles que solo nos importan a los aficionados’.

Aunque al principio me sorprendiese, esto no era novedad. Con el tiempo me dí cuenta de que la filosofía del ‘Álvarez (o cualquier otro apellido) Fútbol Club’ está muy extendida, y que vale tanto para las estrellas como para los jornaleros del balón. El primer jugador que tuvo la vergüenza torera de reconocerlo por escrito fue Eamon Dunphy, un internacional irlandés que pasó varias temporadas en el modesto pero tradicionalísimo Millwall inglés. En el increíble diario de su última temporada con el equipo londinense, titulado ‘Only a game?’ (‘¿Solo un juego?’), Dunphy reconoce abiertamente cómo deseaba que su equipo
perdiese cuando el entrenador le dejaba en el banquillo para así volver a jugar lo antes posible, y además afirma que el espíritu de equipo existe, sin duda, pero ‘siempre que tú seas titular’.

El comentario puede parecer exagerado, aunque después de cierto tiempo acompañando el fútbol y sus jugadores de forma muy cercana, puedo afirmar que es cierto en un porcentaje elevadísimo de los casos. Al fin y al cabo, los objetivos de los futbolistas –profesionales, económicos e incluso personales– no son los mismos que los de los aficionados.

Para el jugador, lo que empezó como un deporte en la adolescencia, se convierte a lo largo de su carrera en un trabajo muy duro con un final que se acerca cada vez más rápido, mientras aumenta la presión por resultados. Y como todo, absolutamente todo depende de que el entrenador le haga jugar, el factor ego se dispara, creando una competencia interna brutal. Cada partido es una oportunidad de destacar y ganar terreno para una renovación de contrato, una llamada del seleccionador o un traspaso a un equipo más grande. Si no se juega, las posibilidades de éxito son nulas y los elementos emocionales se convierten en secundarios, aunque el jugador esté en el club de sus amores.

A muchos aficionados esto les parece inaceptable. Todavía recuerdo un hincha del Huracán que entrevisté en Buenos Aires el año pasado, y que me decía indignado, en un estilo parecido al de Marcelo Bielsa en las recientes filtraciones del vestuario del Athletic: ‘¡Se lo toman como un trabajo! ¡No les importa el equipo como a mí! ¡No se dan cuenta de lo que sufro!’

Y realmente no les importa como a él, lo que no quiere decir que no les importe. Apenas es una forma diferente de preocupación. Un comportamiento egoísta, que lleva a los aficionados a usar epítetos como ‘mercenario’, tiene todo el sentido desde el punto de vista del jugador. Para el hincha, sin interés económico o profesional alguno, lo único que existe es el vínculo emocional con el equipo, los colores, los símbolos. Él, que tiene otro trabajo, mataría por jugar gratis. El jugador, en cambio, no puede permitirse ese lujo.



Esta visión explica situaciones como la que llevó a que Zlatan Ibrahimovic se fuese del Barcelona después de que Josep Guardiola le entregase el equipo a Lional Messi y dejase al sueco en el banquillo, o la más reciente protesta de Sergio Ramos contra José Mourinho.

Ibra no se fue del Barcelona porque no se llevase bien con Guardiola, sino porque, después de empezar la temporada como titular absoluto, se pasó la segunda parte de la misma jugando mucho menos y casi siempre saliendo en las segundas partes desde el banquillo. Un jugador puede detestar a su técnico, pero si juega, casi todos los conflictos se olvidan.

A pesar de haber tenido varias discrepancias con el portugués a lo largo de dos temporadas, Sergio Ramos nunca había hecho público malestar alguno con Mou. Su protesta solo se hizo notoria después de que el portugués le dejase en el banquillo contra el Manchester City, señalándole por la derrota en Sevilla. Ahí Mourinho tocó el ego del jugador. Ramos reaccionó de tal manera que, de haber continuado con su actitud rebelde, el de Camas podría haber sufrido acciones disciplinarias más severas por parte del Real Madrid e incluso un posible traspaso, algo que debería ser impensable para un jugador que, no lo olvidemos, ya se ha convertido en un símbolo del club merengue. Una muestra más de que el Ramos o el Ibrahimovic Fútbol Club, por poner un par de ejemplos, siempre serán más fuertes para los propios futbolistas que Real Madrid, Barcelona o cualquier otro club. Y cuando se entiende como funciona este deporte, no nos debe sorprender lo más mínimo.