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El zaguero andaluz lidera una corriente del madridismo que no traga a José Mourinho. No debe estropearlo con actos de indisciplina

La avasalladora personalidad de José Mourinho se ha hecho sentir en cada equipo que ha dirigido como entrenador. En casi todos ellos, los éxitos alcanzados por el de Setúbal y su peculiar forma de entender el liderazgo han hecho que las aficiones y la gran mayoría de los estamentos del club se hayan entregado por completo a la forma de ser del jefe portugués.

Después de repetir esta puesta en escena de control total en Porto, Chelsea e Inter, en el Real Madrid Mou ha seguido la misma tónica. Con mucha rapidez, consiguió el apoyo incuestionable del presidente Florentino Pérez, se quitó de en medio a cualquiera que pudiese hacerle sombra en el organigrama del club y se hizo con la gestión deportiva completa del equipo de fútbol. Así, Madridismo se empezó a confundir con Mourinhismo, y comenzaron las bromas, a estas alturas ya bastante manidas, sobre el Real Moudrid.

No hace falta recordar que el club merengue le ha permitido a Mou casi todo – declaraciones inaceptables en ruedas de prensa, metidas de dedo en ojos ajenos, decisiones técnicas y deportivas extremadamente cuestionables – sin el menor atisbo de censura de su comportamiento. Tras entregarle las llaves de la casa, el coche y el bar, hoy el Real Madrid tiene un nivel de dependencia de Mourinho muy preocupante para el club blanco, claramente mayor del que tenía el Barcelona con Guardiola, y seguramente contraproducente si se quiere que el portugués ponga cierto límite a sus habituales excesos de palabra y de obra.

Para los aficionados de otros equipos, la identificación de Mourinho con el Real Madrid puede parecer incuestionable. Las últimas temporadas, muy intensas en apariciones de Mou como casi único representante del club blanco – dejemos de lado a Aitor Karanka, por favor –, han hecho olvidar a la mayoría que el Madrid nunca fue equipo de entrenadores, sino de jugadores, y que los directores técnicos de alto perfil no duraban mucho tiempo en el banquillo merengue.

Sin embargo, toda unanimidad es burra, como decía el escritor brasileño Nelson Rodrigues. En el Real Madrid existe una corriente de resistencia al poder total de Mourinho en el equipo y en el club, principalmente encarnada por el llamado ‘clan español’. Sus dos principales representantes son dos iconos futbolísticos madridistas. Iker Casillas, que ya tuvo problemas con Mou por el contacto del propio portero con Xavi Hernández para quitar hierro a los descontrolados derbis de hace un par de temporadas, convive con el férreo mandato mourinhista y aguanta al ‘clan portugués’ con más resignación que placer. Sergio Ramos, castigado con el banquillo por indisciplina en el partido de Champions League contra el Manchester City, no ha perdido oportunidad de mostrar su descontento con la situación actual a lo largo de las últimas semanas, aunque hasta el sábado pasado lo hubiera hecho de forma discreta.

De hecho, Ramos y Casillas no están solos. Existe un grupo razonablemente
significativo de aficionados merengues que creen que Mourinhismo y Madridismo no tienen nada que ver, que lo que está aconteciendo en el club es una tergiversación de los valores que lo han hecho grande durante tantas décadas, y que sin duda dentro de poco el Real Madrid se arrepentirá de esta fase, no en lo deportivo, sino en lo institucional.

Por eso, Ramos y Casillas deben ser cuidadosos. Son las únicas piezas que quedan dentro del club con representatividad suficiente como para liderar de forma paulatina, pero constante, una vuelta a la cordura. Son dos héroes nacionales desde edades muy tempranas, que conocen bien el club y cuyas voces serán escuchadas en los foros relevantes, tanto internos como externos.

Sin embargo, el asunto de la camiseta de Ozil, desvelado hoy en la prensa, no deja bien parado a Ramos. El sevillano, que para muchos tiene más razón que un santo en querer ir contra corriente en esta fase de reinvención del señorío y aniquilación de las buenas costumbres del club, puede perderla por la forma absurda y casi infantil de hacer pública su opinión.

Protestas indisciplinadas como la que Ramos imaginó en el descanso del partido contra el Deportivo dan argumentos gratis a Mourinho, que se carga de razones para criticar al sevillano y se fortalece todavía más internamente. La oposición al régimen actual debe hacerse de forma discreta, velada y constante, apuntando sus incoherencias y no usando métodos de adolescente despechado.

Se equivoca Sergio Ramos, que con actitudes como ésta hace evidente que todavía tiene bastante que madurar. Se equivoca Sergio Ramos, que puede dejar al clan español en una posición todavía más comprometida que la actual. Se equivoca Sergio Ramos, destinado a ser un madridista histórico y que, sin darse cuenta, puede estar jugándose su carrera en el Real Madrid. Se equivoca Sergio Ramos, que debía estar trabajando pacientemente y en la sombra por un Real Madrid mejor, y se lo está entregando al Mourinhismo militante en bandeja de plata.

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