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Uno de los jugadores con más talento en la historia del Real Madrid cuelga las botas. Nunca sabremos hasta dónde podría haber llegado… si hubiese querido

Para algunos futbolistas, la fama es un fardo muy pesado. Algunos, muy ricos y todavía más famosos, usan su dinero de forma tan equivocada, o parecen tan molestos con las obligaciones sociales generadas por su estatus, que hacen pensar al común de los mortales que al fin y al cabo no se está tan mal siendo pobre y desconocido.

Pero éste no ha sido nunca el caso de Jose María Gutiérrez, ‘Guti’. El exjugador de Real Madrid y Besiktas está tan en su salsa cuando los focos apuntan hacia él que parece imposible imaginar que, ahora que se ha retirado, vaya a quedarse en su casa tranquilamente, disfrutando del enorme patrimonio construido en 16 temporadas como profesional junto con su reciente prometida, la modelo argentina Romina Belluscio.

Guti se regocija estando en el candelero, aunque sea para mal. Ésta es una clave fundamental para entender su carrera profesional, sus declaraciones más o menos inspiradas, sus cuestionables decisiones estéticas y, sobre todo, su controvertidísima forma de jugar.

El exnovio de Bibiana Fernández – por cierto, otra decisión difícilmente calificable como discreta – debutó en el primer equipo del Real Madrid en diciembre de 1995, con Jorge Valdano y Ángel Cappa como entrenadores del club merengue. Desde su primer partido, Guti dividió al público en dos mitades irreconciliables: o se era Gutista, o Anti-Gutista. No recuerdo un solo socio del Madrid que haya visto jugar a Guti y se haya quedado indiferente, sin opinión.

Algunos de ellos, como yo mismo, pasamos de un lado al otro del espectro gutista sin ningún complejo, lo que es un reflejo perfecto de su personalidad futbolística: el antiguo número 14 era capaz de encantarte o irritarte sin término medio. Recuerdo partidos perfectos de Guti en el Bernabéu, en los que mostró una intensidad increíble en ataque y, créanme, en defensa. Recuerdo también otros en los que se paseó por el terreno de juego de forma desvergonzada durante los noventa minutos, aunque siempre justificando por lo menos una salva de aplausos de sus fans irredentos con una única jugada que, eso sí, estaba al alcance de muy pocos. De esta forma, y a pesar de la presencia de un enorme número de cracks en su mismo equipo, Guti conseguía convertir muchos partidos en referéndums públicos sobre su figura en los que todo el estadio participaba, lo que, en el fondo, era seguramente lo que más feliz le hacía, y quizá su principal objetivo desde que empezó a jugar.

Lo que era división de opiniones en casa se convertía en franca unanimidad fuera. En la última década, Guti ha sido posiblemente el jugador madridista más detestado por las aficiones rivales, recogiendo el testigo de Michel, Paco Buyo y Hugo Sánchez, y dejándolo

en las expertas manos de José Mourinho y CR7. Incluso se rumorea que en uno de los baños del Calderón todavía hay un cromo de Guti que funciona como diana para los atléticos que van a aliviarse en el descanso de cada partido…

Historias apócrifas aparte, durante su carrera Guti lo ganó casi todo. Cinco Ligas, tres Champions Leagues, dos Intercontinentales, cuatro Supercopas españolas, una europea, una Copa en Turquía… Mostró su incuestionable versatilidad siendo el segundo máximo goleador del equipo en la temporada 2000/01, y el mejor asistente del Madrid en la liga 2007/08, con Bernd Schuster en el banquillo. Pero incluso con ese currículo, que sería la envidia del 99% de futbolistas, a la mayoría nos sigue quedando la impresión de que Guti se dejó mucho en el tintero. Consiguió retirarse siendo eterna promesa, como dice un amigo mío de forma un poco injusta.

Su mayor borrón fue sin duda la selección española. En sus mejores días sobre el terreno de juego, Guti tenía muchísimo en común con el grupo de centrocampistas que ha llevado a España a la cima del fútbol mundial: excelente toque de balón, visión de juego, predilección por el juego de posesión, un último pase mortal… Si me permiten la frivolidad, Guti era un David Silva de más de 1.80m de altura… cuando le daba la gana moverse, claro.

Y ahí vino el problema. Con la apariencia de indolente que el de Torrejón transmitía demasiadas veces sobre el terreno de juego, no iban a ser seleccionadores del perfil de Javier Clemente, José Antonio Camacho o Luis Aragonés los que iban a jugarse una eliminatoria dependiendo de que el caprichoso madridista tuviese su día en el medio del campo, a pesar de que en su mejor fase ofensiva – desde 2000 hasta 2003 – no había en España centrocampistas de ataque, ni siquiera Juan Carlos Valerón, más completos que Guti.

Mirando hacia atrás, no creo que Guti se arrepienta de nada. A su manera, ha conseguido marcar una época en el Real Madrid, y ha forjado una reputación lo suficientemente surrealista como para seguir atrayendo interés de los medios de comunicación después de la jubilación, en esta época de celebridades y estrellas extrañas. Es muy posible que Guti, que ya tenía un pie y medio en ese mundo, termine con el cuerpo entero dentro. Reality shows, programas de prensa rosa, comentarios hirientes sobre el actual Real Madrid, venta de exclusivas sobre su vida privada… nada parece fuera del alcance del genio de Torrejón, que seguirá generando división de opiniones en los próximos años en otro tipo de estadios, mientras los futboleros nos preguntamos hasta dónde podría haber llegado de haberse tomado su profesión un poco más en serio. Pregunta irrelevante, ya que él mismo no se la quiere hacer.

PS. La semana pasada, y de forma involuntariamente premonitoria, escribí sobre las enormes diferencias entre los estadios de Madrid. ¿Se imaginan lo que pasó en Vallecas sucediendo en el Bernabéu? No, evidentemente.

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