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No en todos los campos se disfruta igual del fútbol. Hay diferencias, quizás demasiadas, entre unas aficiones y otras

Hace mucho, mucho tiempo, el padre de un vecino, atlético de pura raza, nos invitó al fútbol. El Madrid visitaba el Calderón y el hombre en cuestión había conseguido entradas excelentes no solo para él y para su hijo, sino también para mi padre, al que en realidad el pomposamente llamado deporte rey le importaba más bien poco, y para mí. Y allá fuimos, rumbo al Manzanares, a conocer un estadio en el que hasta entonces yo no había pisado, para ver un partido de Copa del Rey de la máxima rivalidad.

Esta historia pasó hace tanto tiempo que en el Madrid jugaba Hugo Sánchez en una de sus primeras temporadas de blanco – imagínense la pitada del respetable público rojiblanco a su renegado mariachi goleador –, mientras que del Atleti por alguna razón recuerdo a Quique Ramos, sobre quien debo aclarar para los más jóvenes que no tiene nada que ver con Sergio.

Debido a mi temprana predilección madridista, yo ya conocía bien el Bernabéu. Mi limitado presupuesto solamente me permitía comprar entradas de gallinero, el actual lateral, que en aquella época era entrada de ‘de pie’. Tardé poco en entender que el Calderón era otro mundo. Ocupamos nuestra posición privilegiada en la tribuna de preferencia, y en cuanto el partido empezó me levanté del asiento para ver el fútbol de pie, como había hecho hasta entonces. Desde la fila de atrás, en socio colchonero me reprendió en voz alta ante la carcajada del resto de la sección: “Chavalito, sienta el culo, que esto es un estadio para señores: todos ‘sentaos.’”

Sí, créanlo o no, hubo una época relativamente larga en la que el Calderón estuvo en mejores condiciones que el Bernabéu. Siempre fue más pequeño, evidentemente, pero sentó a todos sus visitantes en cómodos asientos bastantes años antes que el coliseo de La Castellana.

Esto viene a cuento porque el domingo visité el Calderón, como suelo hacer por lo menos una vez al año. A pesar de haber copiado alguna de las sofisticaciones del enemigo merengue, como los palcos VIPs y el sistema de venta de entradas, y de ser Estadio 5 Estrellas UEFA desde 2003, la comparación entre Calderón y Bernabéu es hoy muy odiosa. Los bares de dentro del Manzanares, sin querer faltar a nadie, se parecen mucho más a los de Vallecas – es decir, no se les puede llamar bares, ni llegan a chiringuitos – que a las máquinas de hacer dinero que tiene el Madrid en su estadio. Y ni hablo de limpieza, estado de los asientos o explotación del espacio físico.

Sé que el Atlético ha invertido menos de lo que podría en el Calderón por la en algún momento inminente y ahora más dudosa mudanza a otros lares, pero ni siquiera eso explica la inmensa diferencia entre un estadio y otro. Quien ha estado en estadios de primer nivel mundial sabe que el Bernabéu ha copiado el modelo de generación de ingresos de las mejores ‘arenas’ norteamericanas, mientras que el Atlético se ha quedado anclado en el tiempo, con las tradicionales neveras en las esquinas de cada piso atendidas por un único muchacho que te vende Coca-Cola (no pidas zero, que no hay) o cerveza y sanseacabó.


La mejor o peor gestión explica una parte de la diferencia, pero también hay que reconocer que la otra viene por el motivo de siempre: el injusto reparto de dinero televisivo, que ha generado una situación en la que conviven dos clubes

que, por gestión y recursos, podrían compararse a equipos de primer nivel de la NBA o la NFL, y otros dieciocho, que aunque un jeque salve a uno o dos cada temporada, tienen que hacer milagros para que las instalaciones no se les caigan a pedazos (visiten Vallecas si tienen dudas).

De la misma forma que crecen las diferencias sociales en España, con los ricos cada vez más ricos y los pobres cada vez más pobres, se agrandan las diferencias en el fútbol. Y aunque los más pudientes saben que no les conviene en absoluto un país en recesión, Real Madrid y Barcelona parecen incapaces de darse cuenta de que una liga pobre y tan desigual como lo ha sido hasta ahora no es sostenible en el medio plazo, y menos en una situación de crisis económica, en la que los equipos medianos y pequeños van a sufrir lo inimaginable.

Los estadios en Madrid describen perfectamente en lo que se ha convertido la tan manida Liga de las Estrellas a día de hoy: en ella conviven un smartphone de última generación, el Bernabéu; un Nokia de 2003 con teclado extensible que en su momento nos pareció espectacular, pero que hoy es anacrónico, el Calderón; y un Motorola Startac que nos hace pensar en cómo era posible que usásemos un armatoste como ese, Vallecas.

Esas diferentes realidades hoy solo coexisten en países subdesarrollados. A eso se acerca nuestra liga a pasos agigantados.

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