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El delantero busca nuevos desafíos para su carrera y el Athletic de Bilbao no quiere que se vaya. Será difícil, es ley de vida

En junio de 1995, Jorge Valdano se reunió con Julián Guerrero en el hotel Eurobuilding de Madrid. El motivo de la reunión era evidente: el argentino quería traer a Julen, hijo y representado de don Julián, al Bernabéu. En aquella época, el portugalujo apodado ‘Rey León’ se había convertido en un fenómeno dentro y fuera de los terrenos de juego.

En el campo, los motivos se acumulaban: después de ser elegido mejor jugador español de La Liga en 1994 tras marcar 18 goles en 36 partidos desde su posición de mediapunta, toda Europa quería contratarlo. Fuera de los estadios, su cara aniñada y buena planta hacían que el Athletic fuese recibido por ejércitos de quinceañeras cual banda pop de adolescentes que acaba de lanzar la canción del verano.

Mucho se ha escrito sobre la decisión de Julen de cerrar la puerta al Real Madrid – y, según dicen las crónicas, al Lazio, la Juve y el Barcelona en otros momentos – y seguir siendo león hasta el fin de su carrera. El hecho de que el presidente del Athletic, José María Arrate, no quisiese negociar con nadie y mantuviese la cláusula de rescisión de 1.200 millones de pesetas no ayudó a que el jugador vasco saliese de San Mamés. El larguísimo contrato hasta lo que sería el final de su carrera – desde 1995 hasta 2007, aunque Julen se retiró un año antes – también dificultó una posible transferencia a otro equipo.

Sin embargo, esos fueron detalles circunstanciales. El hecho realmente relevante es que Guerrero prefirió quedarse en Bilbao con todas las consecuencias, sabiendo que en gran medida esa decisión representaba la opción de consagrarse como un ídolo local con enorme repercusión en su tierra, en lugar de ser un gran jugador que podría haber ganado muchos títulos y prestigio lejos de ella.

Julen era puro Athletic. Construyó su casa cerca de Lezama, siguió fiel a sus colores temporada tras temporada y después de varios años bajo de forma, terminó retirándose en San Mamés, con apenas un gesto en su despedida que algunos aficionados bilbaínos no le perdonan – “He renunciado a muchos millones por quedarme en el Athletic”, dijo después de retirarse y de haber ganado casi un millón de euros por temporada durante muchas, en una época en la que eso era un salario exorbitante para casi cualquier jugador.


Como hemos visto esta semana, Guerrero no es el modelo de conducta para Fernando Llorente, que coincidió con Julen en la primera plantilla del Athletic durante un año y medio. El atacante pamplonica criado en La Rioja considera que ha tocado techo en el Athletic, al que con 29 goles llevó a disputar dos finales la temporada pasada, y quiere desafíos mayores.

Ni Llorente ni los hinchas del Athletic pueden quejarse de la actitud del club, que hasta ahora ha hecho todo lo posible para retener al jugador. Para empezar, ha puesto un buen dinero sobre la mesa, sobre todo en el contexto actual. Las cantidades que se estaban barajando en las negociaciones – entre 4.5 y 5.5 millones de euros por temporada – son muy parecidas a lo que el pamplonica podría recibir en la Juventus, principal candidato a contratar al ariete rojiblanco, o en cualquier otro club de primer nivel europeo.

Además, y con un enorme esfuerzo diplomático, el club ha conseguido retener a Marcelo Bielsa, un entrenador de primerísimo nivel, lo que no ha sido tarea fácil; también sigue trabajando para garantizar que los principales referentes de la positiva campaña anterior se queden en el equipo, que por su juventud, calidad y energía promete mucho en las próximas temporadas.

Pero el problema para Llorente no está en el dinero, ni en el entrenador, ni en el nivel de sus compañeros. La cuestión que inclina la balanza para el delantero de la selección española parece ser el desafío, el crecimiento en la carrera. Por sus declaraciones sobre la Champions League, sabemos que la Europa League debe saberle a poco: en su mejor momento con 27 años, después de que la eliminatoria contra el Manchester le diese una prueba de lo que es fútbol continental de primer nivel, tiene sentido que Llorente quiera más que lo que el Athletic le ofrece hoy. Y a eso se une la posibilidad siempre enriquecedora de jugar en otro país, con otra cultura y otras costumbres.

Al anunciar la noticia, la postura del presidente Josu Urrutia, fácil de entender cuando la interpretamos como representante del equipo de Bilbao, parece exagerada en cualquier otro contexto: “La no renovación de Llorente es un fracaso institucional” o “Antes se daba por sabido que los jugadores del Athletic querían seguir aquí” parecen declaraciones algo ilusorias. Por mucha historia e identidad que tenga el equipo vasco, en algún momento las aspiraciones de ciertos jugadores pueden no ser totalmente satisfechas por San Mamés, lo que es natural y no quiere decir que el jugador en cuestión sea un vendido o haya traicionado al equipo. No todos los jugadores son Julen Guerrero. Algunos simplemente tienen otros objetivos. Es ley de vida.

Los más legalistas dirán que Llorente firmó un contrato hasta 2013 y que debería cumplirlo. Tienen razón; hasta ahora, el delantero simplemente se ha limitado a decir que no lo renovará. Como en el caso de Robbie van Persie con el Arsenal, la única salida para el Athletic es intentar obtener una parte de los 36 millones de la cláusula de rescisión de su delantero, o resignarse a que se vaya gratis a final de esta temporada.

Y no descarten que, en algún momento en el futuro, Llorente vuelva al Athletic. No hay duda de que el club vasco deja huella, más todavía después de 17 años en el equipo, como en el caso del delantero navarro-riojano. Sin embargo, ahora el mejor camino para Josu Urrutia y compañía parece ser hacer un buen negocio y buscar un recambio competente. Marcelo Bielsa, Iker Muniain y Javi Martínez se encargarán del resto.

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