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La precoz eliminación de la selección española de fútbol en los Juegos Olímpicos de Londres nos retrata una vez más: en el deporte rey no sabemos perder

“Al árbitro se le ha olvidado pitar”, declaró un colérico Iker Muniain el pasado domingo, después de la segunda derrota de España en los Juegos Olímpicos. Minutos antes, el delantero pamplonica había demostrado su malestar empujando al colegiado venezolano Juan Soto mientras le rodeaban otros compañeros de selección. Los españoles, enormemente irritados tras el mal arbitraje, se dejaron llevar por la desesperación después de su ya segura eliminación del torneo. Habían perdido los dos primeros partidos contra rivales de poco nombre sin haber metido un solo gol.

Y, como diría un castizo, la culpa al ‘empedrao’. Las imágenes del final del partido – los jugadores españoles increpando al árbitro con un amplio surtido de protestas y amenazas – nos devuelven a épocas pasadas que ya creíamos olvidadas. Recordamos ahora a Luis Enrique intentando hablar con Sandor Phul para mostrarle la camiseta ensangrentada después del codazo de Mauro Tassotti en el Mundial de 1994, las insinuaciones sobre el comportamiento de Nigeria en el último partido de la frase de grupos del Mundial del 98, o las quejas e insultos al pésimo árbitro egipcio Gamal Al-Ghandour después de la tanda de penaltis que nos dejó fuera del Mundial de 2002, por poner apenas algunos ejemplos.

El proceso de victimización de la selección española de fútbol y de sus aficionados siempre fue muy parecido, porque el mal perder carece de creatividad. Se dejaba de lado la responsabilidad de jugadores y técnicos en las derrotas y eliminaciones, y se colocaba toda la culpa en un factor externo – arbitraje, intereses de terceros, lluvia, calor, césped en mal estado – que nos impedía llegar donde realmente nos merecíamos. El problema nunca estaba en nuestro deficiente control del juego, nuestros errores frente al portero adversario o los despistes de nuestra zaga, sino en ese penalti no pitado o ese fuera de juego que no era. Se olvidaba rápidamente la ocasión perdida por Julio Salinas ante Gianluca Pagliuca en el 94, el error de Andoni Zubizarreta ante Nigeria en el 98 o el rosario de goles fallados ante Corea en 2002. De nuevo, la culpa al ‘empedrao’.

Y reconociendo que una decisión equivocada puede dejarte fuera de un campeonato, los errores del árbitro también forman parte del juego. Si queremos crecer, hay que concentrarse en lo que se ha hecho mal, que ha sido mucho, y no pensar que con justicia habríamos pasado, porque ni siquiera eso está tan claro. Con justicia, Japón nos habría metido tres o cuatro.



La reacción injustificable de esta selección olímpica exige un cambio de actitud y de cultura por el que ya ha pasado la selección adulta. Como comentamos antes, los mayores también tuvieron sus décadas de mal perder, precisamente hasta su derrota ante Francia en el Mundial de 2006. En octavos de final, y después de empezar ganando con un gol de David Villa, la selección española cedió el control del partido a los franceses y terminó perdiendo por 3-1.

El segundo gol francés, clave para el desenlace del partido, nació de una falta muy dudosa sobre Thierry Henry que convirtió de cabeza Patrick Vieira. Ya en la rueda de prensa después del partido, y cuando le preguntaron sobre el arbitraje del italiano Roberto Rosetti, Luis Aragonés se limitó a contestar lo mismo que había dicho en las preguntas anteriores: ‘La falta no existió, pero hemos cometido errores tanto en el segundo como en el tercer gol. Nuestros errores nos han llevado a perder un partido igualado’.

La respuesta de Aragonés, equilibrada y realista, se salía completamente de la norma de quejas y lamentos que escuchamos – e incluso apoyamos – en torneos anteriores. Para sorpresa de casi todos, la culpa era nuestra, sin buscar chivos expiatorios ni cabezas de turco. En vez de pasar días preguntándonos qué hubiese pasado si Rosetti no hubiese pitado la falta, el foco del debate se dirigió a los puntos realmente importantes: qué nos faltaba para competir, cómo se podían aprovechar los elementos positivos de aquel equipo, y cuáles eran los cambios que había que implantar.



Después de una primera reacción bastante sorprendente – ‘Si hubiésemos ganado, este equipo estaba para medalla’ – el entrenador turolense Luis Milla parece haber reaccionado tras la derrota de La Rojita. ‘Entiendo que se diga que el entrenador es un desastre, hay que analizar lo que ha pasado’, como dijo el lunes, suena más a alguien que ha entendido la gravedad del tropiezo. Los que parece que no lo han entendido son los aficionados españoles, a los que según varias encuestas publicadas después de la derrota, el fútbol no les parece ahora disciplina olímpica. Pocos estarían de acuerdo con esta visión cuando España ganó el torneo en 1992.

Debemos hacer examen de conciencia. Lo que vimos el domingo en nuestros jóvenes no es diferente de lo que ha pasado en algunos partidos de la temporada con la participación de nuestros clubs más laureados, que han también han mostrado un pésimo perder en sus confrontaciones directas o incluso en sus derrotas europeas.

Y mientras meditamos sobre lo que ha pasado, es bueno que la generación de oro de Casillas, Xavi, Iniesta y compañía nos haya mostrado que se puede ganar jugando al fútbol, porque está bastante claro que, por lo menos en el deporte rey, por ahora no sabemos perder.

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