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El dirigente suizo del máximo organismo del fútbol mundial, sigue dando un pésimo ejemplo de cómo administrar el deporte rey

A la mayoría de aficionados y periodistas la parte administrativa del fútbol nos parece un asunto árido, tedioso y casi incomprensible, y normalmente preferimos centrarnos en discusiones sobre jugadores, técnicos, partidos y títulos, que es lo que interesa. Sin embargo, las informaciones que han salido a la luz sobre la gestión de la FIFA en los últimos días merecen que dejemos de lado nuestra pereza por algunos minutos y le dediquemos unas líneas a esta institución tan fascinante, tanto en lo positivo como especialmente en lo negativo.

En el centro de los focos aparece el suizo Joseph Blatter, camaleónico y controvertido personaje que a lo largo de sus 37 años en la FIFA, 14 de ellos como presidente, ha dado repetidas muestras de una falta de tacto surrealista. Un par de ejemplos: en cierta ocasión, el suizo comentó que en América Latina los líos de faldas extramaritales de John Terry serían aplaudidos; también dijo que las jugadoras deberían llevar uniformes más ajustados para aumentar el atractivo del fútbol femenino para los hombres.

Si fuesen comentarios de un humorista, serían apenas chistes de mal gusto; viniendo del presidente de un organismo internacional del peso de la FIFA, son suficientes para pedir la dimisión. El problema es que la falta de tacto de Blatter se convierte en un detalle insignificante cuando la comparamos con la colección de escándalos y la sucesión de acusaciones de corrupción que la institución más global del mundo enfrenta de forma cada vez más frecuente.

Las más recientes son de traca: primero, la propia FIFA publica, por obligación jurídica, el auto en que la justicia suiza sobresee el caso contra la pésima gestión de la ISL (International Sports and Leisure). Esta sociedad consiguió la increíble proeza de quebrar siendo la gestora de los derechos de televisión de la FIFA. Olvidando por un momento lo mucho que hay que gastarse para arruinar una empresa cuyo único trabajo es vender los codiciadísimos derechos audiovisuales de los mundiales a televisiones y radios de todo el mundo, el punto más llamativo son los sobornos: el auto afirma que el expresidente de la FIFA João Havelange y Ricardo Texeira, expresidente de la Confederação Brasileira de Futebol (CBF), habían recibido más de 10 millones de euros por influir en adjudicaciones de contratos para una u otra empresa entre 1992 y 1997. La explicación de

Blatter: ‘En aquella época eso no era delito en Suiza. No podemos aplicar criterios actuales a acciones pasadas’. Sin comentarios.

Tanto Havelange como Teixeira son viejos conocidos de los investigadores anticorrupción. El segundo, yerno del primero, accedió la presidencia de la CBF en una de las muestras de nepotismo más increíbles que se recuerdan: el suegro le pasó el cargo a su yerno para, imaginamos, garantizar el futuro financiero de su querida hija. Actualmente Teixeira ha huido de Brasil por miedo a ser encarcelado después de varias acusaciones de corrupción publicadas por medios de dentro y fuera del país, después de haber sido presidente de la CBF durante 23 años.

Por si eso fuese poco, la semana pasada Blatter acusó a Alemania de haber comprado votos para conseguir el Mundial de 2006 durante una entrevista para Sonntags Blick. Al máximo mandatario del fútbol mundial no se le ha ocurrido otra forma de defenderse de las acusaciones de soborno que llevaron a la concesión de los Mundiales de 2018 a Rusia y Catar respectivamente, y parece que no se da cuenta de que reconocer cualquier compra de votos tiene un impacto pésimo para la imagen del organismo que preside.

Textualmente, el presidente de la FIFA dijo en la entrevista de la semana pasada sobre la adjudicación del Mundial de 2006: “Recuerdo que en el momento de la decisión final alguien se fue. Por eso, en lugar de 10 a 10 quedamos 10 a 9 a favor de Alemania. Me alegré, porque no fue preciso un voto de desempate. Pero, vamos a ver, alguien se levantó y se fue”. ¿Supone entonces que hay un caso de corrupción?, le preguntó el periodista de Sonntags Blick. “No supongo nada. Lo constato”, respondió Blatter.

Parece claro que Blatter ha perdido completamente el norte. Con ganas de dar buenas noticias, incluso ha abdicado de su pertinaz insistencia en no introducir tecnología en el fútbol, lo que después de tantos años defendiendo lo contrario parece más una cortina de humo que una convicción real.

El problema radica en la falta de alternativas. Después de 14 años de mandato – Havelange estuvo 24, lo que muestra que como regla general los mandatos largos no llevan a nada bueno – sus opositores ni aparecen: en las dos últimas elecciones (2007 y 2011) ganó sin oposición, debido a oportunas retiradas de otras candidaturas horas antes de las votaciones, muy similares a la ‘salida de sala’ que el mismo Blatter comentaba en la adjudicación del Mundial de Alemania.

Afortunadamente, la presión sobre el suizo parece aumentar. Es triste, pero a estas alturas parece muy difícil que sepamos detalles sobre lo que pasó realmente en los bastidores de su mandato, especialmente en las

votaciones de los mundiales de 2018 y 2022. Dados los perfiles de ejecutivo que proliferan en la FIFA, tampoco debemos ilusionarnos pensando que el próximo Presidente será un ejemplo de decoro y buenas costumbres. Después de los últimos años, nos vale uno que haga que el juego evolucione sin perder su identidad, y que traiga un mínimo de transparencia a las decisiones más transcendentales del deporte rey. Eso, a día de hoy, parece un sueño muy difícil de alcanzar.