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El Real Madrid debe este título a la madurez de su mejor jugador, más que a su atribulado entrenador, que ha pasado muchos más problemas de los esperados en España

Los fans de José Mourinho, pletóricos después de una memorable victoria del Real Madrid en el Camp Nou, te dirán que ellos ya lo sabían. ‘El segundo año de Mou es sensacional, lo ha demostrado en todos sus equipos’. Y no les falta razón. Después de que, por diferentes motivos, Mourinho no pasase de la primera temporada como entrenador ni con el Benfica ni con el União de Leiria, el portugués ha construido una excelente reputación según la cual en su primer año estructura el equipo – en algunos casos ya con excelentes resultados – y en el segundo lo gana casi todo.

Fue así en el Porto, con el que se quedó muy cerca del triplete en su segunda temporada completa, al ganar la Liga Portuguesa, la Champions League (perdiendo un solo partido) y apenas escapársele la Copa de Portugal, tras la derrota en la final contra el Benfica. Fue similar en el Chelsea, donde en su segundo año conquistó la Premier League liderando la clasificación desde el primer partido del campeonato. Y fue todavía mas claro en el Internazionale de Milán, al que llevó al triplete (Liga, Copa y Champions) en su segunda temporada después de haber ganado ‘sólo’ la Liga italiana en el primer año.

Pero la casi segura conquista del campeonato de Liga no puede ocultar que, en su segundo año con el Real Madrid, The Special Mou ha estado lejos de su brillantez pasada, sufriendo situaciones sin precedente en su carrera. La más llamativa, sin duda, es la pérdida de la ascendencia que tradicionalmente ha tenido sobre sus plantillas, sea en Porto, Londres o Milán.

Los equipos de Mourinho siempre creyeron en él ciegamente, y siguieron sus órdenes a rajatabla, ya fuese dentro del campo o en sus interacciones con la prensa. No ha sido el caso este año. En él hemos visto cómo sus diferencias de criterio con los jugadores españoles se han agudizado hasta niveles insospechados, aumentando los rumores de un cisma en el vestuario y de cierto nivel de autogestión en la plantilla, que se las arregla sin hacer mucho caso a lo que dice el entrenador, sobre todo en lo que respecta a sus consignas acerca de los medios de comunicación.



Mourinho no sólo ha perdido parte de su influencia sobre los jugadores, sino que también ha protagonizado varios ataques de nervios inesperados, como el famoso incidente del dedo en el ojo de Tito Vilanova, o el de la espera a Teixeira Vitienes en el parking después de la eliminación copera en enero de este año. Estas escenas exageradas y otra serie de enfrentamientos le han llevado a taparse, como los malos toreros, y de esta forma el Mou de años anteriores, maestro en manejar a la prensa, criticar a los árbitros en el momento justo o crear polémicas oportunistas que le terminan favoreciendo, se ha convertido en un entrenador por poderes, que manda a su segundo a despachar con los periodistas, y que sólo habla cuando la UEFA se lo exige.

El annus horribilis de Mou ha sido tan errático que su mayor acierto deportivo viene de la temporada pasada: darle carta blanca a Cristiano Ronaldo, el futbolista portugués que, finalmente, se ha echado el equipo a las espaldas y ha ganado todo tipo de partidos, desde los fáciles hasta los muy difíciles.

Dados sus registros goleadores desde el principio de su carrera, era difícil criticar a Cristiano por motivos puramente deportivos. Sin embargo, su arrogancia nunca le ayudó a ganarse el respeto de los aficionados neutrales, y rápidamente se apuntó su pretendida falta de resolución en los partidos decisivos como su talón de Aquiles.

En la Champions League que el Manchester le arrebató al Chelsea en los penaltis, Cristiano marcó de cabeza el gol de su equipo, pero falló un penalty en la tanda que casi le dio el título a los Blues. Sus repetidas derrotas frente al Barcelona, primero con el Manchester y luego con el

Real Madrid, hicieron que el fantasma del crack que se arruga se fuese materializando, aumentando la presión sobre el portugués en cada partido decisivo. Su tanto en la final de Copa del año pasado parecía haberle colocado en el camino correcto, pero nada como marcar el gol decisivo del campeonato de liga ante el Barça en el Camp Nou y sin Pinto de por medio. El encuentro del sábado pasado debe marcar un antes y un después en la carrera de un futbolista que, con una fuerza de voluntad descomunal, se ha hecho a sí mismo desde sus primeros pasos en el Sporting de Lisboa.

Silenciando a sus críticos con su segunda temporada consecutiva con más de 40 goles en liga, Ronaldo ha superado el desafío de una afición que le pitaba en diciembre. Pero además de aumentar su volumen de juego hasta niveles inimaginables, le ha hecho un favor a su entrenador, ya que ha conseguido que se hable más bien poco de la obsesión de Mou por Fabio Coentrão, de sus experimentos poco exitosos con el trivote, o de los extraños criterios que sigue el entrenador portugués para que Kaká, Granero y Altintop jueguen o se queden en el banco.

Mientras que en esta temporada el tozudo Ronaldo ha vencido a sus fantasmas, Mourinho se ha creado unos cuantos. Para los que tenemos buena memoria, la Liga 2011/12 pasará a la historia como la Liga de Ronaldo, nunca como la Liga de Mou.

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