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El astro cumple su centenar con la Canarinha, a la que llegó a lo más alto en Corea-Japón 2002 y buscará repetir en Brasil 2014. El crack quiere volver a brillar

Iban apenas cuatro minutos del segundo tiempo en los cuartos de final de la Copa del Mundo Corea-Japón 2002 entre Brasile Inglaterra. Ronaldinhohabía acomodado la pelota para ejecutar un tiro libre que tenía destino de centro al área, por la posición donde había sido la falta, unos metros a la derecha del vértice del área grande, y por la distancia que había desde ese sitio hacia el arco defendido por David Seaman.

El área estaba poblada de camisetas azules que esperaban el centro del crack nacido en Porto Alegre y los ingleses, de impecable casaca blanca, esperaban tranquilos el envío para despejar, como cualquier otro centro de esos que tanto ensayan en esas latitudes, ellos que inventaron el deporte e históricamente son "los maestros del juego aéreo". Y ahí apareció la picardía latina de un jugador que cuando entra a la cancha inspira a que el mundo espere lo inesperado. Todos saben lo que pasó después de que Dinho recorriera los cuatro pasos que lo separaban del amor de su vida, porque a pesar de la existencia del pequeño Joao, su hijo, la redonda siempre le arrancará una sonrisa y se fusiona con ella.

Decir Ronaldinho es decir magia. Pensar en él es acordarse de aquel brillante gol a Inglaterra y esos inconfundibles dientes blancos que destilan alegría. Integró un tridente mortal con Ronaldo y Rivaldo en aquél Mundial en el que valió la pena poner el despertador cuando la Luna todavía estaba en el cielo para poder verlos. Maravilló a todos demostrando una facilidad pocas veces vista para conducir y hasta comprobó que no necesita mirar a un compañero para pasarle la pelota.

Ya estando en lo más alto, la diversión pudo más y Ronaldo de Assis Moreira convirtió quizás el único error criticable en su carrera: poner al fútbol en un segundo plano. Fue una caída estrepitosa, por su grandeza y por lo que le costó mantener un buen nivel luego de su partida de Barcelona. Muchos, pobres ingénuos, se burlaron de su estado y de sus kilos demás, pero no aparentemente se habían olvidado de lo que él puede dar en el rectángulo.

Ahora volvió y a sus 32 años se siente en plenitud. Luiz Felipe Scolari le dio la oportunidad y casualmente retorna al Scratch luego de casi un año para jugar su partido número 100 y demostrar que tiene todo para ocupar un lugar en el plantel que buscará cerrar la frontera e impedir que la Copa del Mundo salga de Brasil.

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