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Si Pep fue el pope doctrinal perfecto para aquel equipo que en nada se puede reconocer en el espejo de este, Martino es el rector ideaal para un equipo que pierde caché cada día

OPINIÓN

Del Barcelona hay que hablar en el pasado, porque se ha quedado en él. Ha elegido sumirse en una nebulosa de nostalgia, en un círculo pernicioso de añoranza que lenta pero inexorablemente ha ensombrecido el presente del club y ha sembrado de incertidumbre su futuro. La vida se paró en el Barcelona el día que Pep Guardiola, que a sus dotes de genio hay que añadir la de perfecto anticipador del futuro, desapareció. Aunque nunca lo reconocerá, en la auditoría interna que el entrenador realizó para evaluar su continuidad, seguro que anticipó punto por punto los focos cancerígenos de un equipo que languidece.

Resulta imposible entender lo que ha pretendido el Barcelona desde primavera de 2012. En un mundo tan cambiante como el fútbol, que penaliza como pocos el paso del tiempo, que exponencia como ninguno la deflagración de sus actores, el club catalán simplemente pareció creer que no era necesario tocar nada. Que su ecosistema era un vórtice que había detenido el espacio-tiempo. El Barcelona no ha solucionado ninguna de las fallas que acechaban al equipo hace ya un par de años. No ha fichado un defensa central que necesita casi tanto como despachar a Piqué, no ha introducido progresivamente la sucesión de Xavi e incluso se ha permitido perder a Thiago, el centrocampista con más futuro de su cantera, y ha sido incapaz de hacer cambiar a Víctor Valdés, resuelto a abandonar el barco, en su idea.

Xavi personifica todos los males del equipo. Al centrocampista ya solo le queda el discurso, algo que utiliza a la perfección para mantener una preponderancia que ya no se corresponde con lo que ofrece en el campo. Xavi Hernández es un profeta de su causa, un embaucador que es participe de la anestesia placentera en la que se ha instalado el Barcelona. Escuchando a Hernández, uno llega a creer que si no existiera la mala suerte, si nunca lloviera, los campos fueran tapetes, Paco Jémez entrenara a todos sus rivales y estos no osaran dar pelotazos y mucho menos patadas, el Barcelona ganaría siempre. Por justicia poética, por el bien del fútbol, por el disfrute de los ángeles, por las vírgenes.

Si Guardiola fue el pope doctrinal perfecto para aquel equipo que en nada se puede reconocer en el espejo de este, Martino, que en Bilbao vio un “muy buen Barça”, es el rector ideal para un equipo que pierde caché cada día, que se ha vulgarizado sin remisión. El argentino está haciendo lo que el barcelonismo espera de él. Mirar para otro lado, segar la autocrítica, hablar de los árbitros, poner vendas, estar más pendiente del Madrid que del Barcelona. Tenían razón los que decían que el Tata se contextualizaba perfectamente con el discurso del club. En realidad Guardiola fue una anacronía y Martino es la norma, alguien que enlaza perfectamente con el histórico de entrenadores y dirigentes del club que a cada paso forjaron la historia de una institución eternamente acomplejada, complacientemente segundona. Martino es lo que siempre ha sido el Barcelona. El cómplice perfecto para el crepúsculo de Xavi.

Quizás haya que reconocerle a Mourinho un mérito que nadie le ha concedido. Fue capaz de hacer que el Barcelona, siendo tremendamente inferior al Real Madrid ya la temporada pasada, ganara la Liga paseando, lo que les sirvió para enmascarar la decadencia y aplazar, una vez más, una reconversión estructural que sigue necesitando. Que sigue obviando. En Barcelona se pretende que los mismos jugadores, tres años más viejos, ciertamente peor entrenados y definitivamente menos implicados, igualen el estándar de calidad suprema que alcanzaron cuando todos se reunieron en el pináculo de sus carreras. Y sin Messi. O con Messi como un espectro deambulante.

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