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El portugués portó el brazalete por primera vez en partido oficial, volvió a ser el jugador más decisivo y el coliseo blanco acabó rendido ante él

A Cristiano Ronaldo se le ve venir de lejos. No hablo solo de su preparado y concienzudamente trabajado físico, sino de mucho más; hablo de su voracidad, de su afán de superación, de su sinceridad. Personalidad para dar y regalar. El portugués es de los que el primer día de clase, cuando todos miden sus gestos cohibidos por la vergüenza y hasta por un punto de miedo, se exhibe sin pudor alguno como alguien que no teme a nada ni a nadie. Nunca se amilana. Lo demostró el primer día que pisó el Santiago Bernabéu y lo levantó con el ya famoso cántico de “Uno, dos, tres…¡Hala Madrid!”. Significativo y premonitorio.   

El domingo llegaba entre vientos de tormenta a Concha Espina. Se aproximaban anticiclones por muchos (demasiados) frentes; de norte a sur y de este a oeste. La delicada situación deportiva y los ya incontables huracanes levantados por Mourinho, entre los que cabe destacar la última guerra abierta con su capitán, inducía a pensar que algo gordo podía nublar una bonita tarde futbolera en el siempre especial día de Reyes. En este Madrid no hay paz ya ni en Navidades.

El partido empezó con una pitada a Mourinho, que quedó señalado por el madridismo, y continúo con un precoz gol de Benzema al que poco después seguiría un penalti cometido torpemente por Adán que le mandó a la caseta. El morbo se apoderó de un estadio que coreó a Iker Casillas como en las grandes citas cuando saltó al verde. Seguidamente, goles de un lado y de otro e incertidumbre cada vez que la Real Sociedad se aferraba al partido como un recién nacido al pecho de su madre. El duelo, loco por momentos, llevó al respetable a pitar a los suyos y comenzó a chispear. Y cada vez lo iba haciendo más fuerte, hasta que, ante el incierto devenir del partido, se abrió paso una pequeña tormenta detrás de la cual llegó una calma que hay que apuntarle a Cristiano Ronaldo. Otra vez. Las turbulentas vacaciones navideñas acabaron con un domingo en el que el ‘7’ blanco, que lucía el brazalete de capitán, tiró de galones, demostró su madera de líder y resolvió con dos goles que trajeron consigo un estallido de rabia de los que excitan al Bernabéu: gritos y gestos exaltados de orgullo, de alegría, incluso de madridismo, acompañados de esa forma tan particular de marcar y exhibir todos sus músculos ante unas cámaras que le necesitan y quieren tanto como él a ellas. Lo necesitaba él y lo necesitaba la afición, hambrientos victoria, pese a que el partido no merecía sacar la vajilla buena.

Se dejaba atrás una semana muy dura, de dimes y diretes, de polémicas, de vendavales que ni siquiera pudieron calmar las comparecencias públicas de los pesos pesados del vestuario. Pero el luso, sin negociar ni un solo esfuerzo durante los noventa minutos, corrió y peleó en medio del chaparrón que amenazaba con precipitarse violentamente desde el cielo de Madrid. Se puso al mando, acogió a los suyos en su arca particular y los llevó a la orilla de otra victoria. Él solito, con poca ayuda más, amainó el temporal. Viene siendo costumbre este año y, aunque a menudo no se destaque tanto como se debiera, así ha sido siempre. Atrás quedó, entre otros, el mito de que no aparece cuando se le necesita o en los partidos importantes. El madridismo está en vilo por los rumores sobre su posible rechazo a la renovación. Cristiano es el mejor de los mortales y la parroquia blanca lo sabe.

Era su noche. Lo sabía él y lo sabían todos, incluidos los jugadores de la Real Sociedad, que no hallaron modo alguno de poner fin a su inagotable persistencia y potencial. Casillas, en un gesto que le honra (otro más), atendiendo a su derroche y a su capital actuación, le negó la devolución del brazalete de capitán. Después de un periodo vacacional poco tranquilo y seis días de tiranteces, al séptimo, Cristiano Ronaldo asumió la capitanía, se enfundó el brazalete y, finalmente, lo engrandeció.

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