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Pep Guardiola, al irse, decepciona hasta a los madridistas

Nos ha robado, a todos los amantes del fútbol, una rivalidad legendaria con José Mourinho

Nací en Madrid, en el seno de una familia 100% madridista. Mi ya fallecido abuelo materno, Joaquín, fue socio del Real Madrid y acudió religiosamente al Bernabeu durante más de cuatro décadas. Mi abuelo paterno, Eduardo, no sólo es madridista, sino que adora cualquier chiste peyorativo que tenga un catalán como diana. Con raras excepciones, mi círculo cercano de amigos siempre fue y todavía es mayoritariamente merengue.

Con este entorno, nunca pensé en ser de otro equipo. Todavía recuerdo mi primer partido en el Bernabeu, al que me llevó un vecino de casa, también madridista. Una noche helada de Octubre de 1982, vi al Madrid de Juanito y Santillana derrotar al Ujpest Dosza en la antigua Recopa de Europa, trofeo que los merengues perderían en la final contra el Aberdeen de cierto escocés llamado Alex Ferguson.

En mi adolescencia, gran parte de mi exigua paga, o como decía mi padre, ‘soldada’, se destinaba a comprar ingresos del ya extinto gallinero; aunque los ultras todavía se empeñen en saludarlo, el parecido entre el Lateral de antaño, pintoresco y castizo, y lo que existe hoy en la misma parte del estadio es pura ciencia ficción. En cuanto tuve un sueldo de verdad me hice socio y compré un abono, aprovechando que estaban baratos en la época de vacas flacas de comienzos de los noventa, aquella del Barcelona de Johan Cruyff.

Todavía razonablemente joven, y por lo tanto con la vehemencia de creer que siempre se tiene razón, iba a los partidos como a la guerra. Eran siempre los buenos contra los malos, fijándome poco en el desarrollo del juego y mucho más en la necesidad de victoria. No hace falta decir que, cuando el Barcelona visitaba el Bernabéu, estos rasgos se exageraban: en este caso eran los muy buenos contra los muy malos, e incluso más que en otras situaciones, ganar era una obligación.

En esos derbis (en aquella época nadie decía ‘clásico’ en España) elegíamos cuidadosamente nuestros objetivos para el insulto a pleno pulmón. Por ejemplo, a Julio Salinas nunca dejamos de recordarle que nos costó, junto con el trencilla Sandor Puhl, el Mundial de Estados Unidos. A Zubizarreta le asociábamos con organizaciones terroristas, presos fáciles de una rima aún más fácil y burda. A Luis Enrique… Bueno, lo que le decíamos a Luis Enrique es mejor no ponerlo por escrito.

Sin embargo, ya en aquellos años tan impetuosos la figura de Josep Guardiola me causaba cierto conflicto. Recuerdo que Pep fue el primer jugador del Barcelona al que públicamente le reconocí algún mérito, en un ejercicio de tibia ecuanimidad inmediatamente castigado por mis amigos.

No era apenas por su elegancia en el campo o su forma segura y firme de conducir al equipo. Fuera del césped, las declaraciones de Guardiola siempre me hicieron pensar que había algo más que negro y blanco en el fútbol, y después de algunos años y un poco más de madurez entendí que en todas las ocupaciones hay adversarios que resultan admirables.

El decepcionante fin de su carrera como jugador me hizo perder un poco del respeto que le profesaba, hasta que, después de una temporada en el filial, tomó las riendas del Barcelona hace cuatro años. Como cuando era jugador, llegó con mano firme, tomó decisiones rápidas y hasta acertó en una rectificación – dejar que Samuel Eto’o se quedase en la plantilla tras un verano a prueba – que recordaba una lección anterior de Jorge Valdano a Ivan Zamorano en el Real Madrid.



Era innegable que ese nuevo Barcelona jugaba a otra cosa. Olvidándose por un momento de las ya estereotípicas comparaciones con el equipo de Cruyff, este equipo atacaba muy bien y, sobre todo, defendía mucho mejor que el del holandés.

Pero realmente el punto de inflexión en mi caso se dio al presenciar la final de la Champions League de aquella primera temporada contra el Manchester United. Me encontraba fuera de España, algo que acontece con frecuencia y que me ha hecho tener una perspectiva diferente sobre mi país y su fútbol. Terminé viendo el partido en un pub irlandés, en el presencié una situación surrealista: la gran mayoría de británicos iba con el Barcelona – o sería mejor decir contra el United – y casi todos los españoles, madridistas, animaban al Manchester – evidentemente, contra el Barcelona.

El partido no dejó lugar a dudas. A pesar de dos salvas iniciales de Cristiano Ronaldo, los restantes 80 minutos se convirtieron en un monólogo barcelonista ante el que el Manchester United nada pudo hacer. A partir de ahí, y conjuntamente con cierta madurez que dan los años, puedo decir que mi visión del fútbol cambió bastante, y que me cuesta mucho menos esfuerzo ser ecuánime cuando escribo sobre un partido o un campeonato.

Y precisamente por todo esto, la retirada / huida de Guardiola en este preciso momento es una inmensa decepción. Después de haber construido un equipo imponente, de tener al alcance de su mano registros históricos, en el auge de una rivalidad con José Mourinho de aquellas que sacan lo mejor (y lo peor) de los dos rivales, Pep decide bajarse del caballo.

Es evidente, simplemente analizando el aspecto de Pep en 2008 y ahora, que estos cuatro años han sido muy desgastantes para Guardiola. Y es que la grandeza tiene un costo evidente, sea en lo personal o incluso en lo físico.

Pero pocos entrenadores pueden disfrutar de lo que Guardiola tenía a su alcance: un equipo hecho, con una mezcla espectacular de experiencia y juventud, de cantera y de cartera, aderezado con el mejor jugador del mundo y con muchos años por delante para convertir la actual racha de resultados en una verdadera dinastía, al nivel de aquellas del Real Madrid de los 50 o del Milán de fin de los 80 y principios de los 90.

Dicen que Tito Vilanova era el cerebro en la sombra. Dicen que tiene ideas geniales. Dicen que será un primer entrenador espectacular. Pero no siempre los brazos derechos saben actuar como actores principales. No siempre saben dar réplica al número uno del equipo rival. Y no siempre tienen el carisma del protagonista de la película.

Guardiola se ha ido, no sabemos por cuánto tiempo. Con esta decisión, no sólo ha renunciado a ser responsable de uno de los grandes equipos en la historia del fútbol mundial, sino que también ha hecho que a unos cuantos madridistas dejen de asomarles tentaciones de infidelidad por la cabeza. Y creo que lo segundo le pesará más que lo primero…

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