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Alfonso Loaiza analiza a Iker Casillas.

Iker Casillas por fin ha sido premiado como el mejor portero del mundo. Porque reconocido por los aficionados a este deporte, lo era y mucho, muchísimo, desde épocas pretéritas.  

Los aficionados son los que realmente tienen en sus manos ese pulsómetro con el que bautizan a los futbolistas en auténticos mitos. Las otras manos, las hoy aseguradas, las de Casillas, están santificadas desde que el portero madridista era renacuajo. Sus manos cuando era aún un renacuajo pequeñín se quedaron sin tocar ese Torneo de Alevines del plus que se celebra anualmente.

Porque había chiquillos mejores. Él era regordete y no muy alto. El chico regordete de mofletes rechonchos dio el estirón típico de la adolescencia para empezar a pedir paso en la cantera madridista y desde entonces con cara de santo pasó por todas las categorías merengues hasta convertirse en el ángel salvador del Real Madrid y de la Selección. Los aficionados madridistas, los españoles y sus compañeros Kaká, Cristiano, Raúl.. Iniesta, Xavi, Torres, Villa siempre están tranquilos, porque saben que Iker Casillas defiende su portería.  

La diferencia entre los grandes porteros de hoy en día: Buffon, Cech, Van der Sar y el guardameta de origen abulense Iker Casillas es que los primeros, sí, son muy buenos, sin embargo el de Móstoles engendra y fabrica milagros alucinantes.  

"San Iker de España" nació para ser héroe, tocado por la mayor de las divinidades para realizar paradas imposibles en los momentos claves y delicados como ante el Bayern Levarkusen en la final de aquella Champions o contra Italia en la tanda de penaltys.

No obstante, la figura de este santo, designado como mejor portero del mundo debido al clamor de los aficionados, que ven a diario sus intervenciones en cada partido, tiene como primordial característica: la sencillez de aquel niño rechoncho y la humildad desde que no fue convocado para aquel fantástico torneo en el que algunos niños empiezan a despegar los pies del suelo.  

Él no ha cambiado, sigue igual, por eso dice sin recelo que su comida favorita son los huevos fritos de su abuela abulense. Cuestión de gustos de santo insólito.

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