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Los días en Lisboa viviendo la Final de la Champions han dado mucho de sí, con infinidad de historias entre dos aficiones que se mezclaron en armonía

El lunes tras el partido casi nada recuerda en Lisboa los acontecimientos del fin de semana. Ya el domingo el servicio de limpieza lisboeta demostró su eficacia haciendo olvidar lo que parecía un escenario casi post-bélico. La fiesta en las plazas del Rossio y Figueira había dado mucho de sí. Una fiesta que cortaron cuando se congeló en la maxipantalla el rostro de Cholo Simeone en rueda de prensa, ante los “¡Buuus!” del público.

Las autoridades portuguesas se habían mostrado reticentes en la colocación de pantallas gigantes que retransmitieran el partido. La llegada de miles (se habla de 50.000) de aficionados sin entrada haría recapacitar y se cambió de plan. Plan en el que colaboraron los equipos puesto que fueron ellos los que montaron y organizaron el complejo para sus respectivos aficionados.

Lo curioso es que hasta la tarde de la víspera Lisboa parecía tomada por seguidores del Bayern, cuya pretenciosidad o seguridad en los suyos les hizo verse en la final. Ni rastro de españoles hasta la tarde del viernes. Entonces fue cuando se produjo la “invasión india”, porque de los vikingos ni rastro. En mi recorrido por Lisboa la misma mañana del sábado sólo hacía que encontrarme con atléticos…hasta que llegué a la Plaza del Rossio, literalmente tomada por merengues. En la plaza colindante de Figueira el Real Madrid había organizado todo un despliegue festero con profusión de disc-jockeys, curiosamente todo mujeres, culminando con Bimba Bosé.

Esta final tiene en cada seguidor una historia personal e intransferible, en algunos casos llamativa. Como la de Jesús, ese joven mejicano que dedicó los ahorros para comprarse un coche en el viaje a Lisboa y los 1.100 euros que le costó una entrada por Internet. ¿Prueba de madridismo extremo o de locura? Al menos conseguiría “selfies” con todos los jugadores que quiso al grito de “¡He venido desde Méjico para verte!”. O el caso de Miguel, seguidor  del Atlético de Madrid que fue con otros 5 amigos y que tuvo la lucidez de pillar alojamiento barato –tarea totalmente imposible para la noche del sábado- gracias a la confianza en los suyos, al reservar alojamiento desde el partido de ida de las semifinales. O, en terreno neutral, encontramos a Jang Han Kim, periodista surcoreano especializado en fútbol europeo para el diario “Sports Chosun”, que consiguió acreditación para la final pero mostraba más nervios ante la oportunidad de conocer a su ídolo, Cristiano Ronaldo. Nuestro protagonista estuvo dispuesto a pasar todas las horas que fueran necesarias del sábado esperando la salida de la plantilla blanca de su hotel con la esperanza de que CR le firmara su camiseta.

Son sólo retazos de las decenas de miles de historias que han dado de sí esos días mágicos en Lisboa donde los máximos rivales mostraron en todo momento armonía. Porque ¿qué madridista no tiene amigos atléticos y viceversa? La Décima hizo historia, como podría haberlo hecho La Primera. Los ojos del mundo puestos en una Lisboa en la que los madrileños nos sentimos como en casa.

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