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Nuestro analista francés nos deja las claves de la debacle mexicana en los octavos de final ante la Argentina. Los complejos no superados del Tri: dejar de lado el existismo barato y el nacionalismo fanático que por lo general llevan a sobredimensionar la realidad y a no verla.

Por Poyetan Le Blanch.-

Se había anticipado antes de comenzar el Mundial en un análisis más que correcto y exacto sobre el seleccionado mexicano. Se había dicho ya que no pasan de los octavos de final y que los complejos de inferioridad sumados a una prensa exitista se traducen en una aspiración lejana que complica -más de lo que ayuda- las posibilidades de crecimiento del fútbol azteca.

Personalmente, he agradecido la eliminación de Francia del Mundial, el peor seleccionado Les Blues de los últimos treinta años, un cabaret, que nunca tomé como favorito como pueden ver en Poker de favoritos. Esto determina mi carencia de nacionalismos baratos, ese sentimiento extremo y reservado sólo para los fanáticos y no para los analistas. El nacionalismo es una idea fascista -con la que no comulgo- que no tiene más fin que la unión de un pueblo detrás de valores que no representan las libertades del individuo.


Ese fanatismo nacionalista se ve de forma clara en México. Los complejos de inferioridad de una sociedad con raíces indígenas –que no se mantienen con orgullo, sino que se rechazan- se tapan con un nacionalismo acérrimo que une las individualidades cada vez que se habla de un seleccionado, una costumbre o un individuo de ese país. El fanatismo es absurdo, no deja pensar. Esa reacción condiciona al seleccionado mexicano en todo su esplendor.

La defensa de lo propio por ser propio, y no por ser una defensa fundada, termina por caer por su propio peso –valga la redundancia-. El Tri pudo ganar a Italia previo al Mundial y también a Francia, pero fueron los peores seleccionados que han pasado por este certamen. Claro, la historia invitaba a creer, ganarle al último campeón y subcampeón no es un triunfo de todos los días. Pero nunca se analizaron las formas y los contextos. Todo hacía pensar que estas dos victorias serían un golpe anímico para que el Tri comenzara a creer en sus armas, pero no.

No es lo mismo una fase de grupos, un amistoso previo, a un partido por octavos de final con eliminación directa. México no le dio batalla a la Argentina más allá de los primeros 25 minutos. Algunos dirán que el gol ilegítimo condicionó el encuentro, y es verdad. Pero más cierto es que un equipo con aspiraciones no se deja condicionar por un gol en contra, haya sido legal o no. Allí comienza a seguir la historia su curso. Comenzaron a pesar en los jugadores los fracasos de todos los mundiales, quedarse en octavos -sólo han hecho cuartos en los que se han jugado en su casa-.

Allí le temblaron las piernas a Osorio y la casaca albiceleste volvió a pesar como a lo largo de toda la historia en competencias internacionales ante el Tri. México sigue siendo un conjunto ingenuo, inmaduro, que no sabe contener su furia o atacar sin desprotegerse en defensa. Dio la cara... sí, pero hasta cierto punto. Fue más el hecho de que Argentina regulara el encuentro desde atrás que los méritos de México los que consiguieron el descuento.

México sigue siendo México. Seguirá dando la talla en la CONCACAF cuando se enfrente a su clásico rival, Estados Unidos. Dará alguna sorpresa en alguna Copa Confederaciones que se juega a cuatro partidillos. Tendrá algún Gran Golpe ante algún grande venido a menos en una fase de grupos de un Mundial, pero sólo eso. Y la causa está precisamente aquí. No ha sido un gran golpe vencer a Francia, porque los astrólogos de Domenech ya lo sabían de antes al encuentro. Porque un Grande en decadencia no es un Grande a respetar.

Y cuando suceden estas cosas se confunden las dimensiones. Se cree que todo está a pedir de boca, que ya se es un gran conjunto, que indefectiblemente el equipo está para más. Y para más se está siempre, porque quien no tenga ambición, quien no pretenda más, no crecerá nunca. Pero insisto en los mismos conceptos que hace un par de meses. Hay que tener los pies en la tierra, ser humilde, trabajar sobre las deficiencias y... dejar de lado el existismo barato y el nacionalismo fanático que por lo general llevan a sobredimensionar la realidad y a no verla.

México sufre de todo eso, y es algo que no se puede trabajar con la pelota, no es un problema futbolístico, sino de mentalidad. Esa que ha podido cambiar Marcelo Bielsa en el jugador chileno, esa que no ha encontrado resolver ningún mister azteca.


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