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Esta Columna va dedicada a todos aquellos que crean que más allá del resultado, en la forma de entender el juego y la vida, radica la verdadera trascendencia.

Por Ivar Matusevich.-

Hay quienes luchan contra coyunturas puntuales y quienes las trascienden a pesar de la avaricia de los que aspiran al presente como única doctrina de peso. Es el espíritu de los superadores de las fronteras temporales contra aquellos que hacen del número, la única verdad incuestionable.

El Barcelona de Pep Guardiola planteó el éxito de una manera diferente: sintió que en el campo de la idea estaba la única e inmensa posibilidad de traspasar el tiempo y de convertirse en el Rey David de todos los que creemos que en la convicción respira la fuente inagotable de la trascendencia.

Ganó, perdió y empató como todos, pero lo hizo como ninguno. De ahí que las formas y los medios - el cómo- sean mucho más trascendentes que el fin -el cuánto-. Comprometidos con una cultura de entender el juego y guiados por el único mesías que queda en este deporte tan vulgarmente pisoteado por los ruines del cálculo, los chicos de Guardiola escucharon, entendieron, creyeron y practicaron una sinfonía entretejida por valores inclaudicables.

Y son pocos los que pueden plantarse ante la Historia y enfrentarse en igualdad de condiciones. Lo que ha hecho Tiger Woods en golf, lo está sujetando el Barcelona a fuerza de talento, trabajo y fe en cada uno de sus movimientos. Son muy escasos los que como Tiger y el Barça, lleguen a un estado en donde la lucha se plantee en el cuadrilátero de las décadas pasadas y por venir. Ése y no otro es el legado de Guardiola y los suyos.

No importa, a estas alturas, el resultado obtenido en la Champions. No dejará de ser otra anécdota para las estadísticas -que algunos confunden con conocimientos enciclopédicos- y para los amigos del éxito puntual. No desconociendo la falta de generosidad de muchos para asumir el éxito de pocos como la explicación de la existencia, he de repetir que, personalmente, la final de Roma no me cambia nada.

Por el contrario, para aquellos que sostenemos que en la riqueza del que lo da todo por una convicción, descansa y se concibe la verdadera esencia de la vida y su hermosura, el trabajo del Barcelona nos ha abierto una puerta gigante hacia la trascendencia, hacia la victoria de los tiempos, hacia el inquebrantable pensamiento que nos conduce en una vida que debería latir en el compromiso y en la capacidad de transformar al hombre en una especie más humana. Gracias Pep, gracias Barcelona.

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