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En LaLiga, Neymar intentó 220 regates, casi 100 más que Messi, que ocupa la segunda posición. Lo intenta tantas veces que su efectividad no es tan alta. ¿Acaso importa?

La culpa la tiene Betinho.

Preocupado por su hijo, miró hacia las gradas: había niños que corrían para un lado y otro. Se imaginaba que el suyo podía caerse de alguno de los escalones y lastimarse. Lo empezó a buscar entre el poco público que veía un torneo de playa que se disputaba en San Vicente, un municipio de San Pablo. De golpe, en el medio de la gente, observó que entre los que correteaban había uno especial: se movía en todas las direcciones como si estuviera en un campo llano. Saltaba escalones, combinaba despegues con izquierda o derecha, se empujaba con las dos piernas. No le hizo falta ver más: ese chico tenía algo distinto.  

En ese mismo lugar estaba la madre de ese niño, alta y con piernas largas. El padre era uno de los jugadores que participaba del torneo de playa: fuerte y robusto. Entonces, no le faltó ver más nada. Por genética y características físicas, ya era diferente. Invitó al chico a jugar a su equipo, Tumiaru, un equipo de jugadores clase 1991-1992.

La primera vez que vio a ese niño tocar un balón, terminó por convencerse. Estaba ante un caso excepcional. Se enamoró para siempre de Neymar , el niño que jugaba en las gradas como si estuviera en el aire.

La culpa la tuvo Betinho porque, desde los 6 años hasta los 11, cuando Neymar pasó a jugar en la cantera del Santos, hizo todo lo contrario a lo que se supone que está escrito en los entrenadores de las juveniles: a los niños hay que transmitirles el arte de la simpleza, de no hacer cosas de más, de ser inteligentes y recurrir al talento individual sólo cuando es necesario. Pero la idea del primer formador del crack brasileño era distinta: "Quería que chutase con las dos piernas, potenciar su habilidad natural y no cohibirle el dribling".

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Pasaron los años. En Santos, fue una joven promesa. Luego, una revelación. En Barcelona , al principio, una figura en ascenso. Hoy, es una estrella mundial a la altura de Messi o Cristiano Ronaldo. Pero Neymar mantiene la esencia del niño que jugaba bajo las órdenes de Betinho: desde su punto de vista, un regate es una forma de jugar mejor. 

El brasileño intentó ¡220! regates en LaLiga, casi 100 veces más que Messi, el segundo en la lista, que tiene 132. El promedio de gambetas por minuto es aún más espectacular: prueba un regate cada nueve minutos. Según los datos de Opta, tiene una eficacia del 54%, un número mucho menor a otros jugadores que, por supuesto, lo intentan muchas veces menos.

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Pero la cuestión del regate no tiene que ver sólo con la eficacia. Lo que se enseña desde los libros del futbol, desde la formación que Ney nunca tuvo, es que la simpleza ayuda a no desgastarse , a conservar el físico y exprimirlo al máximo. Pero Neymar tampoco entiende de eso. El brasileño, que tiene 25 años y está a punto de llegar a los 100 goles con la camiseta del Barcelona, parece disfrutar mucho más de un regate que de un gol.

Es el jugador que sufrió más infracciones en LaLiga 2016-17. Los rivales perciben algún instinto violento cuando él está cerca. Y él, en vez de bajar la marcha, desafía a cualquiera. Lidera el ranking con 99 faltas recibidas, muy lejos del segundo de la lista, Petros, que tiene 76. Varias de las patadas que recibe generan preocupación. Él casi siempre se levanta para más.

Algunos dicen que los regates los suele hacer sólo cuando su equipo va ganando. El promedio que tiene rompe con cualquiera de esas teorías. Neymar regatea porque así se divierte. Cuando pierde, cuando gana, cuando empata. Cuando juega mal, también. No le importa. Probablemente lo hace porque Betinho no sólo prefirió no decirle que lo que hacía no era lo adecuado, si no que lo incentivó a mantenerlo. O también porque es testarudo y no está dispuesto a dejar de hacer algo que le gusta. No necesita más, se siente contento. Así, irresponsable y desfachatado, es el caprichoso más feliz del mundo.

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