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Copa Confederaciones

  • 17 de junio de 2013
  • • 00:00
  • • Itaipava Arena Pernambuco, Recife, Pernambuco
  • Árbitro: Y. Nishimura
  • • Espectadores: 41705
2
F
1

España 2-1 Uruguay: Brasil ahora viste de rojo

La selección brinda otra clase magistral en el debut en la Copa Confederaciones ante el campeón de América, que no pudo oponer resistencia ante un ejercicio brillante

Dentro de cincuenta años, cuando la televisión sea en 5d, no haya libros de papel, el hombre haya colonizado Marte, y quizás el mundo se parezca a lo que Morfeo le explicó a Neo cuando le hizo elegir entre la pastilla azul o roja en Matrix, los cuentos hablarán de un equipo de leyenda. Un conjunto incunable que irremisiblemente va camino de reemplazar a Brasil en el imaginario colectivo del mundo del fútbol. Si una generación se asomó a este deporte admirando a Brasil antes de conocer la regla del fuera de juego, las venideras alumbrarán el balón con la mitología inabarcable de España, campeona de mucho, romántica de más. Andaba el debate disperso entre la elección del portero, la importancia de la Copa Confederaciones o la duda del delantero y la selección emergió con una clase magistral ante Uruguay, que sólo pudo venerar al rey.

Fue embelesador el juego de España. A la altura de los inolvidables partidos ante Rusia en la Euro 2008 o la final de la cita pasada. Renunció Del Bosque a amarrar el centro del campo con dos pivotes y el equipo se desmelenó al compás de Iniesta, tan ensimismante como trascendente iniciando como volante. Todo gravitó en torno a Iniesta, un futbolista inclasificable, capaz de ser Xavi y Zidane en un suspiro. Se resumió en una acción de la segunda mitad en la que inició, tiró un sombrero, disparó, y arrancó los aplausos de la platea, que ve en esta España las señas de identidad del gran Brasil, prófugo desde hace una década. Al compás de Iniesta apareció también el mejor Cesc, en permanente idilio con España. Los dos jugadores del Barcelona fueron los protagonistas del segundo tanto de la selección. Robó Iniesta y Cesc, que antes había disparado al poste, puso la pausa desde la frontal. En vez de disparar, dibujó un pase definitivo para Soldado, que ajustició sin remisión a Muslera.

El tanto representó la sublimación de un juego inimitable. Tan bello como competitivo. Echó como siempre el candado al balón España y Uruguay hizo lo que pudo. En todo momento Iniesta marcó el tempo del encuentro. Se conjugaron todas las virtudes de España, profunda en los laterales, con movilidad constante en zona de tres cuartos y  con Soldado estirando al plantel, que también realizó un ejercicio sobrecogedor a la hora de recuperar el balón en campo contrario. No hubo noticias de Cavani y Luis Suárez sólo pudo subrayarse gracias a un golazo de falta cuando el encuentro parecía cerrado. Poco más hicieron sus compañeros, que exploraron también sin demasiada convicción la opción de enfangar el partido. El campeón de Sudamérica pegó más codazos que tiros a puerta. No tardó España en adelantarse gracias al gol de Pedro, fatalmente desviado por Lugano, y el tanto refrendó la propuesta de España, inalterable incluso cuando le cuesta descorchar los partidos, simplemente imparable esos días en los que la primera entra. Algo difuminado durante la segunda mitad, el juego de la selección alcanzó un punto de brillantez sólo a su alcance en este momento. Casi en la historia. En ningún momento se inquietó.

Campeones de América y orgullosos por naturaleza, en medio siglo, cuando Cavani, Suárez o Lugano se sienten en una terraza de Montevideo con sus nietos, les contarán cómo fueron reyes de su continente ganando en Argentina, cómo rozaron la gloria en Sudáfrica y el orgullo eterno de vestir la celeste. Y esos niños, embelesados por los relatos de los juglares modernos, les preguntarán por aquella España, y Cavani, Suárez o Lugano tendrán una tarea compleja. Respirarán hondo, elegirán bien sus palabras, medirán los silencios, y se afanarán en convencer a los pibes, que hablarán de Iniesta como de Garrincha, en que aquella selección era real, que la leyenda no es más que una fidelización de la realidad, y no un arabesco, y que un día, en un torneo del que los niños no habían oído hablar, jugaron contra ellos. Y que perdieron, como hacían casi todos ante una selección a la que esos niños concebirán como simplemente invencible.

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