Opinión: 'El fútbol es un estado de ánimo'
Robinho, una estrella que lentamente se apaga.
Por Antonio Sánchez de la Fuente
Decía Jorge Valdano que ‘el fútbol es un estado de ánimo’, por eso quizá se pueda explicar la cesión de Robinho al Santos hasta final de temporada. Porque el extremo del City vuelve a Brasil, a donde más disfrutó del fútbol, en definitiva, a donde fue más feliz.
Recuerdo la primera vez que le vi jugar. Fue en el año 2002, en un partido de la liga brasileña, y aquel chico pequeño y desgarbado me llamó la atención, no por su velocidad, ni por sus detalles técnicos, sino porque marcó un gol de cabeza, algo inusual para un jugador de su estatura.
Cuando volví a escuchar el nombre de Robinho, sólo habían pasado unos meses, pero todo había cambiado para él. Ahora todos los flashes le apuntaban. Acababa de salir campeón del Brasileirao con el Santos y fue la figura del tramo final del campeonato. Su velocidad endiablada, su calidad con el balón en los pies y su facilidad goleadora le hacían una de las promesas más firmes del país carioca. Junto a Diego Ribas, ahora estrella de la Juventus, formaba una dupla letal que abría en canal a todas las defensas.
En 2003, el Santos llegó a la final de la Copa Libertadores y Robinho ya era una estrella. Sus ‘pedaladas’ daban la vuelta al mundo y los grandes de Europa suspiraban por él.
Pero el salto definitivo se produjo en 2005, cuando el Real Madrid apostó por él como fichaje estelar. Y comenzó de la mejor manera posible. Su debut con los blancos, en Cádiz, fue maravilloso, con un repertorio de controles, regates y fintas propias de dibujos animados. Pelé ya tenía heredero, y como él se había criado en el Santos.
Sin embargo, su estadía en la capital de España no fue ni mucho menos brillante. Aunque conquistó dos títulos de Liga, su protagonismo fue disminuyendo a medida que avanzaban los partidos. En el campo, escorado a una banda, se aburría; fuera de él, se divertía, quizás demasiado, en la noche madrileña.
Harto de esperar en el banquillo, veía cómo su enorme talento se desperdiciaba. En 2008, el Chelsea preguntó por él, pero deslumbrado por los petrodólares, prefirió aceptar una oferta del Manchester City. 6 millones de libras al año pesaron más que las aspiraciones deportivas. Gran error.
Dijo que llegaba a Manchester para ser el mejor jugador del mundo, pero ni Mark Hughes ni Mancini han contado demasiado con él, y su rendimiento ha estado muy por debajo de lo que se esperaba. Aquel joven que deslumbró al mundo se ha convertido en un jugador inconstante, caprichoso y lo que es más triste, vulgar.
Ahora sale del City por la puerta de atrás, y los flashes dejan de alumbrarle. Quizás esta cesión sólo sea un paso atrás para tomar impulso, quizás suponga una oportunidad para que Dunga le convoque para el Mundial, pero más bien parece la trayectoria de una estrella que se apaga. Una estrella que deja de brillar.
Por eso, con Robinho siempre quedará la pregunta de hasta dónde pudo haber llegado si hubiese tenido bien amueblada la cabeza. Esa misma cabeza con la que aquel chico pequeño y desgarbado anotó un gol el primer partido en el que yo le vi jugar.
Antonio Sánchez de la Fuente colabora con Goal.com y es editor de La Elástica
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