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Nuestro columnista ataca la noción que el arbitraje debe ser perfecto, y sus dirigentes deban ser meras marionetas de los clubes y sus directivos.

Las verdades duelen tanto que no deben ser dichas. Si de por sí la palabra ha sido siempre un arma propensa a terminar clavada en el cuello del que la hizo pública, en época de redes sociales y bombardeo mediático minuto a minuto, las imprudencias se pagan con sangre, con trending topics que condenan la falta de sutileza y con el fantasma del escarnio aguardando como perro hambriento a que un hueso aparezca por su camino.

La tragedia es el pan caliente de los medios de comunicación. Las historias lineales no venden lo suficiente. Se necesita volver las tornas para que los consumidores acudan despavoridos a conocer los detalles. En el futbol, ese juego que a pesar de los pesares mantiene la subjetividad como pecado y virtud a la vez, a los árbitros les ha tocado jugar ese rol. Ganan menos que los jugadores y se les pide no ser protagonistas, pero sus errores pagan la misma factura que la cargada a cualquier equivocación de un futboista. Son tan responsables del resultado de un partido como un jugador que anota en el último minuto.

El arbitraje no está exento del negocio detrás del futbol. Es parte activa de la maquinaria por el simple hecho de tener facultad de tomar decisiones dentro del campo. Molesta que su máximo representante suelte la lengua ante los medios de comunicación sobre una de esas verdades que no debe ser dicha, pero bajo ninguna óptica se trata de una aseveración falsa o carente de sustento. A los medios de comunicación, las polémicas arbitrales les vienen bien, igual que las muertes y las catástrofes naturales. Los grises y los negros venden siempre, mientras que las notas blancas solo cuando se trata de una alegría multitudinaria o del humo blanco asomando del Vaticano.

La de los árbitros en México es una crisis política más que deportiva. Mancilla no es el hombre indicado para dirigir una Comisión que desde su propia naturaleza lleva tatuado el concepto de falencia, no porque las televisoras así lo quieran, sino porque la perfección en el árbitro es tan utópica como la de cualquier ser humano en su labor profesional. Al dirigente de la boca inquieta le falta inteligencia para lidiar con las tormentas y para impedir conflictos diplomáticos
innecesarios. Es una piedra en el zapato para un órgano que en medio de la guerra perpetua por juzgar a otros en la cancha necesita buscar treguas más que encender nuevas fogatas.

El cambio debe aparecer pronto en el electrónico. Las manos que mecen la cuna requieren apretar la soga antes de que el arbitraje siga incendiándose en el escritorio y refleje los escombros en la cancha. Mancilla tarde o temprano acabará en el banquillo de los suplentes y en el de los acusados, pero si algo se puede decir en su defensa es que no mintió al mencionar que las televisoras ganan cuando la justicia deportiva pierde.

La raíz de todos los males está en las designaciones que se hacen desde la Comisión de Árbitros. El escándalo tendría que ser ese y no una polémica sobre una verdad políticamente incorrecta. Mancilla quiso desviar la atención con un golpe verbal y acabó más expuesto que nunca, con muchos dispuestos a darse golpes de pecho ante la idea de que los medios de comunicación pudieran desear un mal rendimiento arbitral para vender más y con otros que convertirán la imprudencia en la punta de lanza para sacarlo de una vez por todas del lugar al que nunca debió haber llegado.

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Mauricio Cabrera es Director General de La Ciudad Deportiva, ex Editor General de mediotiempo.com y ex Editorial Manager de Yahoo! México. Escribe una columna semanal para Goal.com


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