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Nuestro columnista pide más intensidad y pasión en los duelos de alta convocatoria, como el Chivas vs América. ¿Cuándo se erradicó la libertad de juego?

Los golpes de pecho dañan al futbol. En tiempos en los que cualquier actitud irreverente puede ser interpretada como un estandarte que llama a la transgresión, se le pide a los futbolistas que pierdan lo dulce del juego para transformarse en máquinas que asumen partidos como la jornada laboral de un contador. Se olvida que la cancha es el escenario para disfrutar más que para cumplir, que el juego permite desahogar alegrías, tristezas y frustraciones con las que hay que lidiar en el día a día.

El instinto violento de unos cuantos y la doble moral de muchos ha terminado por entregar un futbol cada vez más frío. Desde que en las tribunas se hizo frecuente que aparecieran golpes y patadas en vez de cánticos y pasiones unidireccionales, que no por intensas tienen que derivar en atacar al otro, se ha secuestrado la pasión de la cancha y se le ha encadenado al manual de los buenos modales, esos que tendrían que sujetarse con rigor en cualquier otro ámbito, pero que en una cancha de futbol deberían quedar a un lado, porque la pelota es el pretexto adecuado para jugar con astucia, dribarlo con pacífica maldad y acabar estrechándose la mano y aceptando las provocaciones como parte de un juego tan emocional que si careciera de ello, como está ocurriendo, acabaría pareciéndose al ajedrez. Éste último tiene una exigencia intelectual para justificarse y vivir su propia adrenalina; el futbol, en cambio, si pierde emotividad, lo pierde casi todo.

A las rivalidades no se les permite crecer como antaño. A un Clásico deslactosado como el mexicano le conviene que jugadores de uno se paseen con música a todo volumen por la conferencia de prensa del otro. Esos detalles, propios de un antagonismo y puestos en peligro de extinción por la moral plástica del entorno, son el picante que se guarda en la boca del agredido para buscar venganza en la cancha para el próximo encuentro. Las disculpas y el trato diplomático posterior dejan una imagen tan blanca y una enemistad tan fina que el balón vuelve a saber más a junta de negocios que a un juego en el que la diversión sabrá mejor al que gana que al que pierde.

Al futbol se le pide que deje de ser lo que es. La falta de tacto en temas sociales nunca estará justificada, pero la picardía y las provocaciones a rivales en una cancha tendría que ser tomada como un carril libre en medio del tráfico. Las remontadas construyen héroes, pero los bravucones a lo Cuauhtémoc Blanco que nunca se quedan callados y encuentran en el futbol su mejor forma de expresión tienden a ser los que encabezan anécdotas y fomentan rivalidades. Son tan necesarios los ingredientes del talento en los pies como los condimentos que terminan de componer el platillo.

A los futbolistas ya no se les permite quitarse la playera o ponerse máscaras. Reyna tuvo que aguardar un indulto federativo para poder seguir dando vueltas tipo luchador. Los americanistas piden disculpas por escuchar música a todo volumen mientras Galindo reconocía ser víctima de sus propios errores. Sin entera libertad, ¿qué le queda al futbol? Deberíamos procurar que la erradicación de la violencia no implicara la destrucción del juego en todo su significado.

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