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El director técnico de América habló demasiado en la semana antes del Clásico Nacional, por lo que el estratega azulcrema tuvo que tragarse sus palabras al perder 3-1 con Chivas.

Fue a comerse el queso sin percatarse de la trampa que estaba pisando. América actuó con el más puro instinto animal. No hizo caso a la razón. Se dejó llevar por la sed de poder del dictador ante el platillo rojiblanco que le ponían enfrente. La soberbia se originó desde la cabeza. Miguel Herrera, de corto alcance en títulos y de mucho ego que nutrir en partidos que no son a ganar o morir, puso el ejemplo a los suyos. Antes de la batalla, se pavoneó con la coquetería de la mujer que se sabe observada, se dibujó como un gigante que daba por descontada la victoria sin dedicar más que unas cuantas miradas altivas al contrincante.

Van´t Schip asumió con valor su papel de víctima. Respondió con tacto de pianista a las agresiones y vislumbró en su panorama una oportunidad abierta por el enemigo. La retórica de Herrera había convertido el Clásico en un partido en el que el triunfo de Chivas pagaba más en los momios y en el orgullo. Si América ganaba, sería lo normal desde la perspectiva de su técnico. Mientras el éxito rojiblanco era una aspiración que ilusionaba, el azulcrema era una consecución obvia de la superioridad cantada por su líder, un insípido obstáculo que debía superarse pero que no representaba mayor reto.

La mesa había quedado puesta para el puñetazo de autoridad que tanto necesitaba el proyecto trazado por Van´t Schip firmado por Johan Cruyff. El partido fue un reflejo de las actitudes y posturas de los que dirigían desde la línea de cal. América presumió la pelota sin temor a que un ladrón castigara su ostentación con el robo. La paseó tanto como un hombre a su mascota en fin de semana, pero lo hizo sin sentido, sin la profundidad del gato que sabe interpretar cuando es momento de matar al ratón. Su propuesta se diluyó en la intrascendencia, el bluff nunca pasó de ser una mera apariencia carente de sustancia.

Chivas, en cambio, comprendió que no podía aparentar nada. Sus números lo desnudaban hasta dejarlo indefenso. Para ganar tenía que recurrir a los más elementales recursos de la entrega y ver si con ello era suficiente para dejar clavado como estaca al engreído anfitrión en su propia mesa. Y sí, los "huevos" tan devaluados por Herrera fueron suficientes para terminar ganando con cierta holgura a un equipo que no tuvo ni la actitud primaria del que quiere pero habitualmente no puede ni la burocracia del que se dedica a hacer lo necesario para ganar.

No es de extrañar que Herrera siempre se quede a la orilla de los grandes objetivos. El que con poco se marea, acaba vomitando al acceder a grandes alturas. Con sus declaraciones devueltas a la quijada a modo de revés, el "Piojo" no sólo ha vuelto a ser noqueado por su orgullo, también ha sembrado la antipatía hacia su persona y ha sido la piedra filosofal que dotó de brillo una joya holandesa que hasta ayer no parecía más que una baratija comprada a precio de oro.

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Mauricio Cabrera es el Director General de La Ciudad Deportiva, el ex Editor General de Mediotiempo.com y también Jefe de Información en Yahoo! Deportes México. Escribe una columna semanal para Goal.com.

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