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Nuestro columnista se está cansando de observar cómo los futbolistas mexicanos, sobre todo los más jóvenes, regresan al país casi pidiendo permiso ante la primera dificultad.


Antes, las supuestas trabas eran los cariñitos de "la mamacita", el harto calor, el sabor y la textura de las tortillas, el pozole dominguero, las "chelas" bien heladas y escarchadas... Principios de la década de 1950, tiempos de Jose "Jamaicón" Villegas, padre de la leyenda que pretende explicar por qué motivo la nostalgia, melancolía y una extraña forma de chauvinismo azotan de golpe al futbolista mexicano cuando se va del país. Pretextos, o argumentos, decían, sobraban para solapar el fracaso. Pues ya no más. La moda actual es paliar la mediocridad solo porque sí, sin molestarse a fabricar una razón por artificial que pudiera sonar.

En su mayoría, el futbolista nacional sí está hecho para jugar en el extranjero, pero no para rendir en toda la extensión de la palabra, que no es lo mismo. Edson Rivera ha sido el último en unirse a la larga lista de jugadores que, en lugar de intentarlo, siquiera por una cuestión de orgullo, prefiere regresarse a las primeras de cambio.

Y no a cualquier lugar, sino a Atlas. Al equipo que en su momento le clausuró con candado las puertas para que cumpliera el sueño por antonomasia de cualquiera que se dedique a su profesión: emigrar a Europa. Ël lo pidió. Inicialmente por voluntad, luego a gritos. Se rebeló al sistema, al Pacto de Caballeros incluido, para marcharse como adalid y al final, como si de sufrir una crisis existencial propia de estudiante de intercambio,... ¿¡que siempre no!? A nivel directivo lo vilipendiaron y vetaron de cualquier posibilidad de volver en caso de que no triunfara en Portugal; ahora y mañana se salieron con la suya.

Retornó "sin remordimientos". El fervor por los colores de los "Rojinegros" pudo más que una demanda laboral que casi lo congeló, y no de frío, en su estancia en Braga o el retraso más que probablemente intencional en el envío de documentos para que siquiera jugara con la filial. O al menos así va el cuento oficial que dijeron a los medios de comunicación, al estilo "lo que usted mande, patrón", cual empleado cabizbajo, cruzado de brazos y la mirada hacia el suelo.

Rivera anhelaba minutos. No los gozaba con los "Guerreros del Miño" con Eder, Alan, Paulo César y Michel, en ese orden, en las prioridades del entrenador José Peseiro, tampoco en Colomos previo a abandonar la institución. Cierto, apenas tiene 21 años y un gran tramo por delante; sin embargo, al día de hoy lo único seguro para él es la incertidumbre. ¿Por qué? Número uno, el técnico Tomás Boy lo desconoce en todo sentido (táctico, personal...). Dos: se rifarán el descenso en 17 partidos en un mano a mano contra Gallos Blancos en el que comenzarán en igualdad de condiciones. Tres, con asterisco incluido: posiblemente, más allá de que se carece de dinero en las arcas para contratar refuerzos, apelarán a la experiencia antes que la juventud.


Edson estuvo solo un año en el Viejo Continente. Tampoco fueron 12 meses en la práctica, pues tardó bastante en incorporarse al Braga, ni se diga en debutar en el equipo estelar. Pero, al parecer, creyó, como muchos de su generación, a semejanza de los de la Sub 17 de Perú 2005, que su estatus de tercer lugar en el Mundial Sub 20 le garantizaba la titularidad o, al menos, concentración seguida con primer equipo. Y no. Existen los procesos. Aquí, en Europa o Bangladesh: regla universal. Así se sea campeón defensor Sub 17, de los Juegos Olímpicos en Londres, la Copa Oro, Esperanzas de Toulon o el Preolímpico. 

Tanto él como su representante, Eduardo Hernández, se precipitaron en tomar la decisión. Omitieron que si hay una liga que le atesora paciencia al talento latinoamericano (no solo al brasileño), esa es la lusitana, una suerte de colonia balompédica para los prospectos de este lado del continente. Mucho tiene que ver, en efecto, que es de las pocas del orbe, junto a la holandesa, belga y paraguaya, en la que no hay límite de extranjeros. El Braga fácilmente lo hubiese podido prestar a un Beira-Mar, Paços Ferreira, Vitoria Setubal o cualquiera que necesitara de material humano.

Así pues, "Pilón" se suma al barranco por el que desfilaron mencionando solo algunos debido a falta de espacio a Francisco Fonseca, Omar Bravo, Efraín Juárez, Pablo Barrera, o más recientemente, un compañero suyo de aquel "Tri" de Colombia 2011: Taufic Guarch. Otro que de repente se sintió relegado en Espanyol; aparentemente, sus aspiraciones pasaban más por calentar la banca del otrora monarca Tigres. De hecho, pocos son los de ese representativo nacional que se salvaron: principalmente Diego Reyes y Jorge Enríquez, a los cuales América y Chivas supieron llevar poco a poco sin atiborrarlos de responsabilidades ni desaparecerlos del mapa.

Ojalá Ulises Dávila siga siendo la única excepción foránea, que se aferre a su bravura mas no bravuconada que implicó abandonar a "la mamacita", el harto calor, el sabor y la textura de las tortillas, el pozole dominguero y todo lo demás. Que alguien, aparte de Javier Hernández, levante la mirada altivamente al reto que se le ponga de frente, que demuestre que el mexicano sí "aguanta vara", hasta de la más puntiaguda y pesada (sin albur).

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