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La base del éxito teutón es caer, pero aprender a levantarse sin cambiar su ideología y sin alardear pese a la victoria o derrota, considera José Ramón Fernández

Estaba allí antes del partido y esta mañana sigue estando en el mismo sitio; no se ha movido. El fútbol alemán es un lugar en el tiempo: ni las grandes derrotas, eliminado en 2006 por Italia, ni las grandes victorias, echando Brasil de Brasil con goleada, logran desubicarlo. Es imperturbable.

Suele creerse que los principios del futbol alemán basan su éxito en la costumbre ganadora; falso. La reconstrucción en sus derrotas, que son muchas y muy dolorosas, son su verdadero sello de identidad. Gana mucho porque precisamente, ha perdido mucho. Alemania siempre se levanta y por eso evoluciona; sobre todo, se adapta.

Es una nación entregada al progreso, pero desde la base. Monolítica, la selección alemana concede poco margen al cambio; sin embargo, da mucha importancia a la perfección de las cosas; las mejora.

Desde 1954, su primer campeonato hace sesenta años, apenas modificó su estilo. No siempre fue el cuadro de jugadores blindados que arrollaban a su paso; antes de este prototipo nacido hacia finales de los setenta, en Alemania se jugaba un futbol de mucha clase, de enorme calidad técnica. El más elegante de su época.

En realidad, esta nueva generación de alemanes no hace otra cosa que aprovechar la historia como recurso. La Mannschaft es una institución, crea leyes, instruye y constituye. Tras muchos años de trabajo, Alemania consigue fusionar sus dos grandes virtudes: fuerza y talento. Mucha fuerza, mucho talento. En sí misma, es un tratado de fútbol.

Los grandes analistas del juego, científicos de buró, utilizan la fabulosa expresión alemana en Brasil 2014 para alardear sobre las bondades de la posesión de la pelota. Esa tendencia que se ha vuelto un modismo para intentar explicarlo todo.

El fútbol mundial se sorprende cuando comprueba que en la derrota más escandalosa de todos los tiempos, 7-1 de Alemania sobre Brasil en semifinales de Mundial, fueron los brasileños con ese juego ordinario y no los alemanes quienes más tiempo tuvieron la pelota.

Brasil, con 52%, ganó la posesión a Alemania, que tuvo 48%. Aquí es donde Alemania perfecciona las cosas; no es la posesión de la pelota sino la posición de ella lo que importa, en dónde vale la pena tenerla y lo que debe hacerse dependiendo la zona del campo donde se recupera. Luego el repliegue, la presión y el orden táctico sin balón, es algo que los alemanes han dominado con intensidad toda su vida.

La victoria en semifinales previa al Argentina vs Holanda se festeja más en todo el mundo que en la misma Alemania, parca, sobria. Por delante les queda una final, para mi gusto, contra Holanda, el estilo que más daño puede hacerles, por similar y por un régimen colectivo en ataque indispensable para vencerlos. Ya veremos.

Antes de eso, los alemanes se preparan para la victoria, como siempre, sin olvidar como nunca lo han hecho, que deben preparase también para otra probable derrota y, entonces, levantarse, porque si la mejor Alemania de la historia, la que expropió el fútbol al Brasil no es Campeona del Mundo, volverá a reconstruirse y con gran sentido común perfeccionará las cosas, sin moverse de Alemania.

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