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Nuestro columnista señala que el poder malintencionado que existe en México nutre nuestra liga sin que los aficionados se puedan dar cuenta.

Como un peatón que mira hacia otro lado cuando están asaltando a un tercero, el futbol mexicano acepta lo inaceptable con tal de mantener su nivel de vida. El idealismo del aficionado es un discurso guardado para las pláticas nostálgicas en un bar, mas no para una realidad que lo lleva a aplaudir lo que en las más elementales competencias estaría prohibido. Aceptamos jugar con esas reglas. Reconocemos en la intimidad que o nos adaptamos a ellas o estaríamos peor.

El éxito de Xolos exige que todos nos pongamos una venda en los ojos. Sus éxitos deportivos de bandera son tan contundentes como que la tierra es redonda. A Mohamed y a sus jugadores nadie puede siquiera pretender arrancarles los blasones numéricos y de retórica futbolera alcanzados hasta el momento. Sin embargo, aunque la discusión ha quedado empolvada porque en México los temas polémicos tienen más sustitutos que una fila para ingresar a un partido de alta convocatoria en el estadio Azteca, ya nadie se preocupa, aunque sea con una mención entre paréntesis, de la naturaleza de la empresa que está detrás del equipo. Que una casa de apuestas esté vinculada en forma directa a un club de Primera División es uno más de esos vicios con los que hemos aprendido a convivir. Una raya más al tigre de la ceguera voluntaria.

En el fondo es comprensible que caigamos en ello. El futbol mexicano posee una infraestructura superior a la mayoría del resto de países latinoamericanos gracias a las empresas que están detrás. Sin Televisa, sin TV Azteca, sin Carso y hasta sin estos empresarios de obesa cartera, más allá de las explicaciones de su fortuna, no tendríamos una liga estable ni equipos con capacidad para contratar a jugadores sudamericanos de nivel. La multipropiedad y los dueños de negros orígenes son males necesarios. O eso o tener clubes al borde de la bancarrota, pidiendo al estilo Oviedo donaciones en Twitter o vendiendo hasta el último escritorio para sobrevivir un mes más a la deuda que los seguirá atosigando.

La realidad de México exige que la moral se vaya al cajón. Es águila o sol. No se vale escoger ambos. Soñar con tenerlo todo es una utopía. En esa imposibilidad de la solidez a partir de las más elementales premisas de la transparencia, hemos optado por el mejor escenario posible, el de voltear la mirada ante lo debido como una declaración de inocencia.

Conciencia aparte, ha sido una elección inteligente. Ese modelo de monopolios y momios es igual de abusivo que los intereses políticos en una estructura de club como el Atlas o tan cuestionable como las formas del dueño de ocasión en el Puebla, pero además, a diferencia de estos dos, está llevando al balompié nacional, a obtener oro en Juegos Olímpicos, a ganar notoriedad y a exportar jugadores. Si los asuntos serios no suelen resolverse a través de la moral, no hace falta que el pan y el circo del pueblo pase por ese filtro.

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Mauricio Cabrera es Director General de La Ciudad Deportiva, ex Editor General de mediotiempo.com y ex Editorial Manager de Yahoo! México. Escribe una columna semanal para Goal.com


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