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Hace exactamente nueve años, Leo entraba en el segundo tiempo en un amistoso de la Sub-20 ante Paraguay y materializaba su deseo de jugar para la Albiceleste

Como cualquier día de su nueva vida, el pequeño Lionel Messi salió de la sesión de entrenamiento en el juvenil de Barcelona y, todavía un poco colorado tras la ducha, se encontró con su padre para volver a casa. Jorge no estaba como todos los días. Si bien hacía tiempo que la familia vivía en Barcelona, porque allí hubo una institución que sí financió el costoso tratamiento que su hijo necesitaba, se le notaban los nervios y Leo, siempre tímido, no quiso preguntar. Igualmente no iba a hacer falta.

“Me llamaron de la Selección Argentina. Hay un amistoso con Paraguay el 29 de junio y quieren que juegues”

le confesó Jorge. Si bien los partidos suelen planearse con bastante tiempo de anticipación, a la cúpula de la Asociación del Fútbol Argentino le había llegado el rumor de que un pibe rosarino de 17 años la estaba rompiendo en el Barça y en España ya se hablaba de extirpárselo al lejano país sudamericano. Sin embargo, a diferencia de la época de la Colonia, esta vez la joya no viajaría de Argentina a España, sino que el camino sería inverso.

No hubo en ese momento un arquitecto presente para medir la sonrisa del niño. El pequeño, que sin saberlo ya tenía escrito un destino de una gloria inimaginable, iba a representar a su verdadero país, ese que había tenido que abandonar a los 13 años por una gran falta de idoneidad de algunos dirigentes de distintos clubes, que no habían visto el bosque detrás del árbol y, asustados por la “enfermedad” del joven crack, no quisieron pagar el tratamiento hormonal al que Leo se tenía que someter.

El partido ante Paraguay fue organizado de forma repentina, como había sido la partida de Leo y Jorge desde su Rosario natal hacia la gran ciudad en busca de un club que aceptara al nene. Julio Humberto Grondona, cuya lista de logros es bastante más escueta en la comparación con la de negocios turbios, no quería que la Selección Argentina perdiera a un jugador a quien muchos ya se animaban a comparar con Diego, aunque todavía no había, tan siquiera, debutado de forma oficial en el primer equipo de Barcelona.

El gran día llegó pero Hugo Tocalli, el entrenador de la sub-20 en aquél entonces, privó a Leo de salir al campo de juego desde el inicio del encuentro. Ya en el segundo tiempo, Messi entró a la cancha con la 17 en la espalda y en un partido que estaba definido hace rato, aportó con un tanto a la goleada que terminaría 8-0 gracias a los tantos de Ezequiel Lavezzi, Pablo Barrientos y Federico Almerares -dos cada uno- y de Pablo Vitti.

Con sus constantes logros, Messi va tapando conquistas anteriores. De hecho, su debut en la selección mayor duró apenas algunos segundos, ya que vio la roja por un manotazo a un defensor de Hungría que lo agarró de donde pudo para intentar pararlo. Poco se habla de este encuentro ante Paraguay organizado a las corridas y lo llamativo es que sólo pasaron nueve años. Ese 29 de junio de 2004, Leo Messi, con 17 años y 5 días, sellaba con fuego su amor por Argentina y comenzaba una carrera paralela a la de Barcelona, que tendría duras pruebas, fracasos, críticas y un renacimiento que dio inicio a una nueva etapa que lo tiene como capitán del equipo y que tendrá la prueba más importante dentro de menos de un año, en la Copa del Mundo de Brasil.

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