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El fútbol debería endurecer las medidas disciplinarias con los jugadores que simulan, o si no, de qué vale tener premios de buena conducta o Fair Play si vale más actuar que jugar.

No hay duda de que el fútbol, como deporte de masas, en uno de los espectáculos que congregan mayor cantidad a aficionados en el mundo. Día tras día son crecientes las cifras de aficionados que por todos los medios tradicionales como la televisión, la radio y los medios impresos están atentos a las noticias recientes de los clubes y jugadores de su preferencia; y ni que decir de los más recientes sistemas de comunicación como la internet, que permite interactuar a quienes la usan de múltiples formas, entre ellas las redes sociales y celulares como los más conocidos y utilizados.

Tan solo como ejemplo de la masificación de este deporte, hoy día miles de personas en todo el planeta juegan campeonatos interactivos, en los que pueden jugar y organizar a sus equipos preferidos, nóminas, formaciones, uniformes, estilos de juego y hasta transferencias son opciones que indudablemente logran fidelizar a quienes tienen la oportunidad de participar.

Ante esta impresionante avalancha de información, los jugadores se convierten en estrellas de primer orden en el ámbito mundial, son los protagonistas de la actividad deportiva cotidiana y, en muchas ocasiones, sus vidas privadas son vulneradas por la avidez noticiosa de los medios, que siempre están pendientes de cualquier insignificancia para volverla noticia, no importando mucho a quien afecten y en qué medida.

En el campo de juego no cambia mucho este panorama, estos mismos jugadores, estrellas o no estrellas en sus clubes, logran convertirse en actores tan consagrados, que hasta los mejores directores de Hollywood desearían contar con sus valiosos servicios. Para comprobarlo solo hace falta sentarse frente a la pantalla chica cualquier domingo de temporada y observar aleatoriamente los 4, 5 o 6 partidos que se tramiten a la misma hora y en directo.

Más que partidos son actuaciones magistrales, planchazos a la espinilla que habitualmente consiguen fracturas múltiples, se desvanecen por arte de magia, cuando el pobre árbitro de turno exhibe la tarjeta amarilla o roja; el área chica tiene un raro efecto en los jugadores, quizás por el agite y el calor que produce el encuentro, ellos piensan que es una refrescante piscina en la que pueden liberarse del sofoco ahogante, de repente cualquier brizna de grama es un obstáculo infranqueable y caen aparatosamente como si se hubiesen tropezado con un poste de concreto, lo más duro de esta realidad.

Hablando en serio, es que en muchas ocasiones los árbitros conceden con candidez o con complicidad, penas máximas inexistentes, y aunque se debe reconocer que en otras situaciones los de negro logran evidenciar la trampa, la sanción no es igual de drástica al castigo desde los doce pasos, en mi humilde concepto, a estos tramposos del área los deberían expulsar sin contemplaciones.

Los guardavallas son otros artistas muy exitosos, en los partidos más apretados y teniendo los marcadores de su convencía a favor, se les olvida de qué lado deben sacar, nunca logran encontrar el balón que ha salido, siempre tienen una rara y maliciosa alianza con los recogebolas que se demoran eternidades en regresar la esférica a las manos del portero; no es raro ver al final de muchos encuentros la amarilla para estos exitosos protagonistas, raramente, casi nuca una roja por este motivo.

El fútbol debería endurecer las medidas disciplinarias en estos aspectos, de que vale tener premios de buena conducta o Fair Play, si la trampa y el engaño son el pan de cada día en todas las ligas orbitales. ¿Cuántos partidos se pierden o se ganan por estos medios?, ¿Cuántas sanciones que no debieron ser aplicadas?, ¿Cuántos pillos del fútbol impunes?; ya es hora de exigir trasparencia y que los jugadores se dediquen a hacer lo que mejor saben hacer, jugar limpiamente fútbol, la actuación déjenla a los que viven de ella.

Los futbolistas deben vivir de un balón, una camiseta, una institución y una afición a la que se deben con honradez y responsabilidad.

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