thumbnail Hola,

Matías Baldo
Redactor - Desde Mendoza
Seguilo en

Es un caluroso domingo mendocino. La postal es fantasmal. Los locales cerrados en un típico día de descanso, las calles desiertas por las sofocantes temperaturas. Acostumbrado al vértigo incesante de la city porteña, el pacífico escenario se torna insoportable para un bicho de ciudad acostumbrado al bullicio interminable de Buenos Aires.

Fanático del fútbol, las primeras horas dominicales se suceden entre Manchester United-Liverpool y Arsenal-Manchester City, a la espera de un auspicioso Chile-Colombia que definiría el futuro del Grupo A. Los dos kilómetros que separan el hotel del estadio se tornan agobiantes bajo el asfixiante sol cuyano. El Malvinas Argentinas había sido asaltado por un grupo de estruendosos chilenos cuya ilusión fue alimentada por otra actuación estupenda de la Rojita, el mejor equipo del Sudamericano y firme candidato al título.

Después de la gran convocatoria en el debut frente a Chile, el aforo disminuyó incesantemente a la par de las decepciones argentinas. Alrededor de cinco mil fanáticos apoyaron al conjunto Albiceleste frente a Bolivia, a un abismo de aquellos 20.000 que pagaron su entrada en la jornada inaugural. Las tribunas están prácticamente vacías, síntoma de un equipo apático incapaz de empatizar con su público, que fue cambiando radicalmente durante el partido: de los silbidos a los aplausos, del "olé, olé" a los insultos.

El panorama es desalentador. Con Argentina prácticamente eliminada y Brasil comprometida, un hexagonal final sin ninguno de los dos gigantes seguramente generará un vacío absoluto en el interés del hincha local. Mendoza, proscenio de la última fase, recibirá principalmente los sueños de una parcialidad chilena que será local apenas del otro lado de la Coordillera.

Artículos relacionados